De la Escritura

Cuando la escritura contiene un suicidio aplazado

“La flor, el ojal, el suicidio y un botón”

Por Susana Salce
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Incatalogable, pero no ilegible, el acto suicida es un acto enigmático, particular  de cada uno. No es lo mismo un suicidio adolescente que el de un anciano con una enfermedad terminal. No es lo mismo un acto largamente meditado que el de quien se entrega  a la muerte sin pensarla. De extrema libertad o de extrema alienación, hay suicidios que hacen época y épocas de suicidios

A veces  el suicida escribe con su acto un mensaje póstumo, una última metáfora. Tal el caso de muchos escritores y poetas cuya muerte  pareciera haber sido un  acto de escritura y la escritura  “un suicidio aplazado”.

Me interesó trabajar este tema  en poetas que formaron parte de una cultura que privilegió la palabra por sobre la imagen.  Una generación para la cual el ser y el lenguaje iban juntos. Idea que Robert Walser (1878-1956) expresó cuando dijo: “cuando empecé como poeta, empecé como persona” o Pessoa para quién las letras  eran “un modo de existir”.

Si para  algunos autores la escritura era “un modo de existir”, también hubo quienes a través de ella anticiparon  una última puesta en escena, un último acto,  en el  que quizá expresaron sin saber,   el modo particular en el que deseaban poner fin a sus vidas.

Virginia Woolf que en 1941 se sumerge en  las aguas del Rio Ouse, -con sus bolsillos llenos de piedras-,  en su novela “Las Olas”   había escrito :”Seré arrollada por una ola en una catarata gigantesca en la que me siento disolver”,  o Alfonsina que en el 38 se arroja al mar desde la escollera del club de mujeres, en “Diario de Navegación” había escrito, “imaginaba el mar y su helada carne verde, esponja insaciable dispuesta a absorberme para siempre, sus olas se hacían bocas para llamarme con mi nombre innombrable”.

Un  20 de abril del año  1970 el poeta Paul Celán se arrojó al Sena   desde el puente Mirabeau. En 1962 había escrito un poema “Hojas de Tarusa” en el que decía

”…Del sillar/del puente, del que /él rebotó/hacia la vida,
en vuelo/de heridas, del/puente Mirabeau.
Et quels/amours!”

 

Escrito en homenaje a la poeta rusa Marina Tsvietaieva, (que también se suicidó).  Se dice que la frase en francés “Et quels/amours”  hace referencia a un famoso poema de Apollinaire:

 

“Bajo el puente de Mirabeau discurre el Sena/ y nuestros amores/
La alegría venía siempre tras la pena/ llega la noche suena la hora/
los días se van yo permanezco”.

 

Es  sobre la escritura como un puente  que se sostiene la vida del poeta hasta que  algún cataclismo arrasa con esas letras que lo separaban del abismo.

(Tanto Paul Celán como  Marina Tsvietaieva  fueron víctimas de  los horrores del nazismo)

 

II

Intenten si pueden detener a un hombre
que lleva un suicidio en el ojal.
Jacques Rigaut

   

La flor, el ojal, el suicidio y el botón.

Por la particular  relación que hubo en  su vida  entre  escritura y suicidio me interesó  el poeta francés Jacques Rigaut (1898-1919)  quien junto con Robert Walser,  formaron  parte del grupo “Shandy”, un movimiento artístico literario fundado a principios del 1900 inspirado en la “caja-valija” de  Marcel Duchamp.   Walter Benjamin y Tristán Tzara también formaron parte de este movimiento.

Coleccionistas de objetos minúsculos, proponían la escritura de microtextos en una caligrafía cada vez más pequeña. Rigaut  coleccionaba botones,  que  tenía la extraña costumbre de robar.

Autor del libro “Agencia General de Suicidios” – en el que ofertaba distintas puestas en escena especialmente preparadas para matarse- Rigaut era conocido en su tiempo no sólo por investigar este tema sino además porque sus contemporáneos suponían que tarde o temprano se iba a suicidar. André Bretón decía que durante veinte años Rigaut se había condenado a muerte a sí mismo y estuvo pacientemente esperando hora tras hora el instante preciso en el que pondría fin a sus días.

Y efectivamente a los 30 años, un día antes de internarse en una clínica de rehabilitación por su adicción a las drogas, se pegó un tiro en el corazón.

A  un costado de la cama se encontraron fragmentos  de una obra incompleta cuyo protagonista se llamaba “Lord Patchogue” “el capitán del último ojo”, “un ser de ninguna parte”. De esta obra que fue editada a partir del  ensamble de fragmentos, uno de sus editores  dijo que era “una puesta en abismo visual” que hacía pensar en un laberinto de espejos rotos, donde la imagen reflejada parecía multiplicarse hasta el infinito.

Cuando la imagen que nos devuelve el espejo,  se multiplica hasta el infinito, ya no hay  otro que nos acompañe, cuando todos los espejos estallan nos encontramos con el vacio que hay detrás de cada pantalla.

Rigaut el hombre que había dicho “me voy a matar pero cuando me lleve todo”: “Notre-Dame, el amor y la república”  un día preparó la escena, se puso su mejor traje, acomodó unos almohadones a su alrededor y dejó a un lado de su cama, un cuerpo de letras, su “Lord Patchogue”, los fragmentos de un libro sin terminar.

La escritura de esos textos había comenzado en la Nueva York de  los años 20.  Lugar al que había viajado siguiendo a una mujer de la que estaba enamorado.  Pensaba casarse con ella,  pero la historia no terminó bien, porque el hombre  que ya tenía problemas con el alcohol, en Harlem se hizo adicto a la heroína y aunque llegaron a casarse la mujer finalmente lo dejó.

A comienzos del verano de 1924 después de un largo paseo  en auto  buscando  una villa inencontrable, la villa de “Patchogue”, Rigaut cometió un acto sorprendente, descabellado. En una casa de fin de semana en Long Island -cerca incluso de esa villa que no encontró- se arrojó violentamente sobre un espejo, haciéndose milagrosamente sólo un corte en la frente  Pero de esa herida  nació su “Lord Patchogue”, “el capitán del último ojo”.  Alguien que venía a ocupar  su identidad al punto de que  llevaba  tarjetas de presentación con ese nombre.  Desde entonces, por un tiempo  se  ocultó como un espectro detrás de su héroe de ficción.

“No dudo de mi existencia –decía-  sino de que ella sea la mía, el nombre bajo el cual ahora soy conocido es lord patchogue”.

Es  como si hubiera ocurrido un suicidio simbólico que anticipó   y al mismo tiempo pospuso el destino trágico de Rigaut.

¿Y cuál era el nudo dramático de la obra?

El libro tuvo dos versiones, una publicada en 1934 y la segunda editada por Gallimard en 1970. El editor de esta segunda versión definió la obra como “una puesta en abismo visual”.

Es una obra en la que  el protagonista, se arroja una y otra vez sobre los espejos,  mientras dice: “soy un hombre que busca no morir”, por cada paso que da, un espejo estalla en pedazos. Pero “Lord Patchogue”, es  un  héroe de ficción que  triunfa allí donde un mortal  sucumbiría.

Abandonado por la mujer que amaba y en compañía de su “Lord Patchogue”  Rigaut  finalmente deja los “Estados Unidos”  y vuelve a París.  Durante dos años sigue escribiendo  una especie de segunda parte de esta obra, hasta que decide suicidarse.

Me interesó interrogar algunas claves de su “puesta en abismo visual” cuando lo que estuvo en juego era el último acto de su vida. La vida de alguien que había dicho que “el deseo es lo único que un hombre posee, o  al menos lo que le sirve para olvidar que no posee nada”. Reivindicaba el robo de botones como un acto poético efímero, en contraposición al acto de escritura que “busca eternizarse en algún Olimpo”.

Entre letras y botones, – flor, ojal, suicidio y botón-, los objetos del deseo se iban deslizando  en una metonimia que la lengua francesa permite deletrear e interrogar.

El vocablo “bouton” tanto significa “botón que abrocha” como “capullo” “flor que se abre”, incluso “punto negro” y también “clítoris”. “Boutonnier” significa “botonero” y además “ojal y herida”, “una flor a la boutonnier” es una flor en el ojal. Mientras hay flor en  el ojal, el suicidio puede esperar, del mismo modo que el robo de botones parece asegurar algún tipo de abrochamiento vital.

De objeto en objeto el juego de sustituciones fue sosteniendo la vida del poeta,  con su  murmullo de letras enlazadas entre cristales de opalinas encalladas.

Hasta que un día todo estalla. Ya no hay más simetrías ni palabras. El héroe del otro lado del espejo no lo sostiene más. La escritura termina y con ella la función.  Entonces ya no hay ojal, ni flor, ni botón solo una herida abierta en el corazón.

 


Susana Salce es Psicoanalista. Miembro titular del Centro Oro, docente y supervisora de la Escuela de Post Grado. Ex psicoterapeuta de la Sala de Pediatría del Hospital de Quemados de Buenos Aires. Autora de Capítulos de libros y artículos publicados en Revistas Psicoanalíticas.

Cuando la escritura contiene un suicidio aplazado
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