Dossier

Algunos interrogantes acerca del goce en las prácticas adictivas

Por Lic. Norma Fernandez
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La droga cortocircuita el apetito sexual. Por otra parte, la necesidad de entablar
relaciones, aún platónicas, con el otro, proviene de la misma fuente; tal es así que
cuando  estoy enganchado con la heroína o la morfina, el otro no me interesa.

William Burroughs,
El almuerzo desnudo

La clínica con sujetos con prácticas adictivas nos conduce a interrogar las modalidades de goce que conllevan.

Una y otra vez escuchamos relatos de un goce aparentemente inefable: “La droga me hizo perder todo, pero me gusta Es difícil de explicar. Hay que vivirlo para saberlo”… “No quiero drogarme más pero siento que el cuerpo me lo pide”… “He perdido todo, casa, trabajo, pero el cuerpo me pide la cocaína y son esas ansias terribles…”.

Como nos enseña Burroughs, cuando la toxicomanía monopoliza la vida del sujeto, es común que se prescinda de otros recorridos. Aparecen en nuestra clínica testimonios tales como: “Me he convertido en un adicto verdadero, no me   gustan ni las mujeres ni los hombres” o “En mi mundo el sexo no existe; si mi pareja no me plantea el tema no sería para mí una preocupación”. Lo hetero, lo radicalmente diferente queda fuera de juego, tal como lo afirma uno de los personajes toxicómanos del film Trainspotting: “Una mujer, para que querer una mujer, para drogarla, para que otra cosa va a hacer”.

¿Qué modalidad/es  de goce  se ponen en juego?¿ El goce de ciertas prácticas adictivas- aparentemente ilimitado, inefable y centrado en el cuerpo-,se correspondería  con el goce femenino  caracterizado por Lacan precisamente como un goce en más, no limitado por la función del falo ? .

Acerca de los goces.

Lacan separa el concepto de goce del Lust freudiano .El goce está precisamente en el más allá del principio del placer, y linda con el dolor: « ¿Qué se nos dice del placer? Que es la menor excitación, lo que hace desaparecer la tensión, la tempera más, por lo tanto aquello que nos detiene necesariamente en un punto de alejamiento, de distancia muy respetuosa del goce. Pues lo que yo llamo goce en el sentido en que el cuerpo se experimenta, es siempre del orden de la tensión, del forzamiento, del gasto, incluso de la hazaña. Incontestablemente hay goce en el nivel donde comienza a aparecer el dolor, y sabemos que es sólo a ese nivel del dolor que se puede experimentar toda una dimensión del organismo que de otro modo permanece velada»[1] .Es gracias a la castración que el goce se abre, y surgen las variantes del goce fálico y del femenino: « La castración quiere decir que el goce debe ser rechazado para ser alcanzado en la escala invertida de la ley del deseo»[2]  . Sin pretender aquí abordar todos los alcances de esta frase, la introducimos en tanto nos interesa subrayar la necesidad de un goce que debe ser perdido para que otro pueda ser alcanzado. Un goce sin límites, sin regulación que debe ser rechazado para poder alcanzar un goce recortado, limitado, no absoluto.

Para ubicar las variantes del goce, recurriremos al seminario Aun, donde Lacan trabaja las fórmulas de la sexuación. Del lado izquierdo del cuadro (lado macho), todos son alcanzados por la castración; el conjunto universal se funda a partir de una excepción que permite su cierre: el Urvater, el padre del goce de “Tótem y tabú”, es el único que toma valor de hombre sin someterse a la función fálica. De este lado queda el goce fálico. Del lado derecho de las fórmulas (lado mujer) el universal está negativizado; no se afirma la función fálica como universal, ya que no hay ese al menos uno que exceptuándose, sostenga el conjunto como cerrado: «El no para todo «quiere decir que cuando cualquier ser que habla cierra filas con las mujeres, se funda por ello como no todo al ubicarse en la función fálica».[3]El conjunto del lado mujer es así un conjunto abierto. Su goce está desdoblado: hacia el significante fálico y hacia el significante de la falta del Otro (lo que da lugar a que ningún saber se pueda inscribir respecto de él).

El goce fálico en tanto pasa por el significante, está sometido a la fragmentación y discontinuidad propias del mismo, siendo por lo tanto localizado, limitado y   fueradel cuerpo. Si bien el goce masturbatorio de órgano constituye su paradigma, se extiende al conjunto de realizaciones del sujeto .A todas las formas de éxito se les supone una significación fálica. Es así un goce que identifica.

El goce femenino surge  fuera del lenguaje: «Sólo hay mujer excluida de la naturaleza de las cosas que es la de las palabras [….] No deja de ser cierto, sin embargo, que si la naturaleza de las cosas la excluye, por eso justamente que la hace no toda, la mujer tiene un goce adicional, suplementario respecto a lo que designa como goce la función fálica[…]»[4].Lacan remarca que el ser no–toda en la función fálica no quiere decir que no lo esté del todo; está de lleno allí. Pero tiene un goce del cuerpo, más allá del falo: Este goce loco, al infinito, sin localización  en determinado lugar del cuerpo, deja a la mujer ausente de sí. De ese goce quizá nada sabe ella misma, a no ser que lo siente. Lacan   lo equipara  con el éxtasis  de ciertos  místicos , tales como San Juan de la Cruz y Santa Teresa que se ubican del lado del no todo (porque también hay los que están en la función fálica):«…Está claro que el testimonio esencial de los místicos es justamente decir que lo sienten, pero que no saben nada.»[5]

Acerca de las adicciones y el goce

En el campo del psicoanálisis, encontramos autores que enfatizan la suposición de una satisfacción pulsional directa en el sujeto adicto e insisten en remarcar la búsqueda de goce. Otros, como Sylvie Le Poulichet retoman la función de evitación del dolor, vía la   cancelación tóxica planteada por  Freud y señalan el aspecto paradojal que comportan las adicciones. En esta misma línea encontramos la tesis de Héctor López, quien señala que el adicto busca alivio en el tóxico. La intoxicación es una defensa contra la inundación pulsional, cuando no hay recursos simbólicos e imaginarios para poner en juego: «…..la droga va contra el goce. Es necesario entender por goce ese nivel donde empieza a aparecer el dolor , ya sea el dolor del cuerpo , o el dolor de existir freudiano , para darse cuenta que el adicto  lejos de buscar el goce, intenta levantar una barrera contra él cuando fallan los mecanismos del placer y del deseo.[….] Pero, dada la cualidad indecidible del farmakon  ,su ambigüedad , no debe extrañarnos  que aun yendo contra el goce , el goce sea reencontrado en el extremo del camino que se recorrió para hacerlo desaparecer[……]Es la frontera donde el placer buscado, queda sometido a un encuentro inesperado :la tenaza de goce del Otro, ante la cual al sujeto no le queda sino una respuesta : el masoquismo»[6] .

Planteamos que la castración posibilita las variedades del goce. El falo implica una renuncia a un supuesto goce absoluto, hace obstáculo a que haya relación sexual; marca el goce del Otro como imposible, abriendo el camino a los goces posibles, el fálico y su más allá: el goce Otro. Como plantea López:   «La ilusión del adicto es la de una unión sin ese obstáculo del falo donde sujeto y objeto se confundirían.»[7]

Lacan en su tan comentada contribución al tema que abordamos, ubica que el éxito de la droga se debe precisamente a que permite escapar a la castración: «… no hay ninguna otra definición de la droga que ésta: es lo que permite romper el casamiento con la cosita de hacer Pipi».[8]

Ahora bien, entendemos que no todas las prácticas adictivas implican la ruptura con el falo. Nos parece importante en este punto, introducir la distinción que realiza Sylvie Le Poulichet entre toxicomanías con una función de suplencia narcisista y toxicomanías de suplemento, funciones que pueden virar en un mismo sujeto. La formación de suplemento precisamente se inscribe dentro de la problemática fálica, pretendiendo borrar la distancia entre la imagen real y la ideal. Se busca a través del farmakon de paliar una no adecuación, dentro de una dimensión imaginaria.

Algunas consideraciones finales.

Entendemos que no podemos poner en serie  el goce ilimitado ,inefable y  sin localización en el  cuerpo que presentan ciertos sujetos que realizan  prácticas adictivas  y  el goce femenino .Éste no supone  la recusación del goce fálico y  no se contrapone al mismo, sino que surge como su  más allá.  Tanto el goce fálico como el femenino, atestiguan del fracaso de la relación sexual. Es el pasaje por la castración lo que los hace posibles.

El goce del adicto en cambio muestra su ruptura con la castración, al menos en aquellos casos en que la droga monopoliza la vida del sujeto y que se corresponderían con los que Eric Laurent denominó “adictos verdaderos”.  Hay un goce que ubicamos en la tensión insoportable y dolorosa que precede a la ingesta, y que se refuerza con la intervención superyoica tras el intento de alivio.

Ubicamos el dolor como concepto central para pensar la problemática de las adicciones. Una de las notas del dolor, es la falta de representación; no podemos correlacionar la pobreza discursiva y la falta de palabras debida a dicha ausencia, con el éxtasis místico. Los místicos hacen poesía .Lejos de la metáfora, el prototipo del adicto de hoy, tiende a ser poco proclive a la producción poética: «Hoy, la decadencia de toda ideología y la ausencia de discursos para hacer frente a lo real, producen un tipo de adicción en que predomina lo pulsional y la ausencia del sentido. Entonces el dolor se torna exageradamente mayor que el placer y la fantasía, y lo pulsional no encuentra la mediación fantasmática de los relatos compartidos. Ya no hay poetas ni artistas de la droga, ni imaginario colectivo que otorgue sentido a la intoxicación »[9]

Entendemos que el goce femenino pudiendo ir más allá del encorsetamiento fálico, abriría a la posibilidad de lo diverso, del acto creativo, pudiendo enriquecer el mundo del para todo. En cambio el adicto, borra lo diferente: “Para que una mujer, sino para drogarla “.  Los adictos tienden a hacer masa en torno al nombre del objeto-sustancia; encontramos la auto segregación al modo de sectas: los   “paqueros”, los “merqueros” y así podemos continuar la lista. Pero no hay lazo, por eso cuando dejan de drogarse la queja dolorosa suele ser “no quedó nadie, yo creía que tenía tantos amigos y ahora no quedó ni uno”. El amontonarse en torno a un objeto-sustancia da una ilusión de identidad, allí donde los emblemas identifica torios fallan y es débil la eficacia de los nombres del padre.

Bibliografía.

Lacan, J. Jornadas de estudio de los cartels en la Escuela Freudiana de París. Sesión de clausura (año 1975), Ficha de la Escuela Freudiana de Bs. As.

Lacan, J. El seminario, libro XX: Aun, Editorial Paidós, Bs.As., 1998.

Lacan, J. Psicoanálisis y medicina, Intervenciones y textos I, Editorial Manantial, Buenos Aires, 1999.

Lacan, J. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano, Escritos 2, siglo XXI editores, Buenos Aires, 1998.

Laurent, E. Tres observaciones sobre la toxicomanía, Sujeto, goce y modernidad II, Editorial Atuel, TyA, 1993.

Le Poulichet, Sylvie, Toxicomanías y psicoanálisis, Amorrortu editores, Bs. As., 1990.

López Héctor, Las adicciones .Sus fundamentos clínicos, Editorial Lazos, Bs. As. , 2007.

[1] Jacques Lacan: “Psicoanálisis y medicina”, en Intervenciones y textos I, Edit. Manantial, Buenos Aires, 1999, pág. 95.

[2] Jacques Lacan: “Subversión del sujeto y  dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano ”,Escritos 2, siglo XXI ediciones, Buenos Aires,1988, pág. 807

[3] Jacques Lacan : El seminario ,libro 20, Aun , Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998, pág. 89

[4] Ibíd., págs.  89 -90

[5] Ibíd. , pág. 92.

[6] Héctor López: Las adicciones. Sus fundamentos clínicos, Editorial Lazos, Buenos Aires,2007,pág 67

[7] Ibíd., pág. 155.

[8] Jacques Lacan: “Sesión de clausura”. Jornadas de estudio de los cartels en la Escuela Freudiana de París. Ficha de circulación interna, Escuela Freudiana de Buenos Aires.

[9] López , H, Óp. Cit, pág. 158.

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