Amor, Odio, Indiferencia

Amor, odio, indiferencia en la escritura

Por Luciana De Luca
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Hablar sobre el proceso de escritura es, para mí, hablar del cuerpo. Del cuerpo puesto a trabajar entero. Del cuerpo y sus sentidos, del cuerpo y lo que lo atraviesa. Del cuerpo en el mundo y del mundo en el cuerpo.

Cuando me dijeron el tema de la conferencia, no supe sobre qué tenía que hablar. Pero pensé en cuántas novelas, cuántos cuentos y poesías, cuántos ensayos están atravesados, basados en el amor, el odio y la indiferencia. Decidí, entonces, buscar en mi experiencia.

Pensé  en cómo y cuánto, el amor, el odio, la indiferencia, atraviesan el cuerpo del escritor. No sólo como los temas de los textos que vamos a escribir, sino como motores, como pulsiones que nos empujan a escribir. Escribimos enamorados. Escribimos sobre el amor en todas sus formas: el amor tirano, el amor recíproco, el amor prohibido, el amor filial. Escribimos en odio y sobre el odio. Escribimos sobre la indiferencia: la llenamos como a una hoja en blanco. Escribir nos pone enfrente de los otros. Nos señala. Borra la indiferencia: el que escribe cuenta para no perderse, para no desaparecer. Para conservar la vida: escribir es un grito que se guarda, que se imprime, que se queda pegado en el tiempo. Un grito vital que permanece. Escribimos -y gritamos- sobre el amor perturbado, o sobre el odio que amaina. Sobre el amor a Dios o a los hombres, o a las cosas de la naturaleza. Sobre la indiferencia hacia el otro, cruda, espontánea, o como cuchillo que hiere y, a veces, mata.

Cuando me dijeron el tema de la conferencia traté de buscar, como ejercicio, entre los libros que leí, aquellos que me dejaron huellas. Pensé en cuántos más amores y odios e indiferencias experimenté en los libros, muchos más que en la vida, en el mundo físico. Pensé en el amor crepuscular de la abuela robot en Canto al cuerpo eléctrico, de Ray Bradbury. Pensé en Sylvia Plath y su amor agónico por Ted Hughes. Pensé en El desprecio, de Moravia, y en cómo a veces la extinción de amor se puede transformar en indiferencia, en desazón. Pensé en Kurt Vonnegut y su Matadero Cinco, escribiendo desde el subsuelo el bombardeo a Dresde, letra a letra enhebrando el odio de la guerra. Y haciendo esta lista me di cuenta de que era, al menos para mí, habrá gente mucho más memoriosa, más dada a entretejer relaciones entre las cosas, muy difícil encontrar un punto de partida. Ni hablar de un final.

En todas las obras literarias, en distintas medidas, molécula o monumento, están presentes el amor, el odio y la indiferencia. ¿Qué duele más? ¿La indiferencia o el odio? La indiferencia es el punto medio entre el aprecio y el desprecio. Es el vacío, la mirada puesta justo un poco más allá del objeto. La mirada que arrasa, que ignora. El odio da protagonismo: ese, o eso, que se odia, tiene tanta presencia, tanto peso, tanto para escribir.

¿Y en el proceso de escritura? Igual. Me vi aceptando que, cuando escribo, voy con frecuencia -incluso más de la que quisiera, de la que necesito- del amor al odio. Ya no en el texto, dentro de esa jaula que es la obra literaria, sino hacia el texto. Escribo sobre el amor y odio, mientras tanto. ¿Tachar, corregir, editar: son formas de odio o de amor? Amamos a los personajes y, con la misma intensidad, los borramos, los cambiamos, los dejamos a un lado. A veces seguimos un camino equivocado, enamorados de una idea, de un impulso, de un párrafo que viene dado, como un regalo, como un don. Me acordé de Truman Capote y, a esta altura, su famosa idea de la escritura como un látigo: “Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar zapateado y hacer dibujos. Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me habra encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. Hay amor en la vocación por leer, pero también hay, latente, como una semilla que espera su momento para germinar, odio. Hay odio en los textos, hay amor, hay indiferencia, como un desierto gris que se tiende entre los personajes, en la trama.

En ese mar inmenso, inagotable, que es la experiencia que escribir, nos sumergimos. Y como exploradores, como recién llegados, vamos descubriendo la fauna que habita en sus profundidades. Como quien juntar perlas, como quien registra lo que vive en el fondo marino, como quien cosecha, vamos recogiendo -casi a ciegas, tantas veces- en ese mar inmenso nuestros temas, nuestros elementos. Amor, indiferencia, odio. Pero también todo lo demás.

 

Elegí un cuento, uno muy corto, de un libro que escribí hace unos años. Me pareció que podía resultar adecuado como cierre, como una pequeña muestra de la inmersión, de mi exploración en ese fondo de ese mar que es, para mí, escribir. Y que es una muestra, creo yo, de esas grageas de amor, odio e indiferencia que pueden convivir en una historia.

 

El tazón de leche

Las cejas del padre son rayos que caen directo sobre el tazón de leche, que vuelve bordó, nauseabundo, cada mañana. La temperatura de la leche. Las guardas solitarias que rodean la cintura gorda de la taza. El olor.

No se acuerda de la primera taza que le sirvieron. A lo mejor nunca hubo una primera. Fue algo que pasó, empezó empezado y no hubo una primera vez: siempre tuvo enfrente de la nariz esa taza inmensa, imposible de levantar sin tirarse leche sobre las medias, sobre la silla y el suelo.

No es una taza. Es una bañadera llena de leche blanca, tibia, cuajada, con islas de grasa partiendo la tranquilidad láctea, invocando lo agrio. Azucarada y con unas gotas de vainilla que enturbian la claridad, apenas, casi ni se nota algo ahí manchando ese blanco de neblina. En invierno es de noche y de todas formas tiene que levantarse, dejar la cama, dejarse estrujar por el frío de lobos de su dormitorio enorme que es un salón de bailes.

La Tríada repugnante: la leche, el azúcar, la vainilla. La taza es gigante, las dos manos no le alcanzan, se le va a caer y tiembla, un terremoto y la leche cuelga sobre el vestido, ahora sobre el delantal, ahora sobre el mantel arrugado que tiene una mancha de aceite gigante en el medio, un recuerdo de otras comidas.

El padre está enojado hoy y todas las mañanas. Por encima de la taza gigante, y más por encima del humo que sale de la leche caliente y del olor plástico de la vainilla en gotas.

La madre está dormida parada, en la cocina primero, después en un rincón del living, con otra taza en la mano –pero más chica, menos humeante–, mirando la nada, tomando nada, la cara de un perro callejero. La madre mira el vacío. El padre respira sobre su café, lanzando humo por los ojos. Ni la madre ni el padre tienen ventanas. Son opacos. No hablan.

No sabe qué mañana descubre algo buceando bajo la superficie de la leche. Algo que flota. Puede ser una mosca. Una arcada. Una mosca. No se anima a meter el dedo en la taza para empujarla, o para arrastrarla hacia los bordes con una uña.

La madre está ahí, parada, mirando el vacío, pero puede que esté alerta como un cazador. El padre le ladra al café y por momentos la mira, con más furia, y mira su delantal cuadriculado rosa y blanco como si tuviera la culpa de algo, como si estuviera sucio, contaminado. Algo que flota puede ser una mosca. Un terremoto sobre el vestido y en el mantel se hunden las islas. En la taza, no.

La madre tose y el café oscila de norte a sur y después se calma y otra vez nada. Eso sigue flotando, hinchando el marcito de leche en un punto chico, como un grano entre las ondas. Se hace de noche y al otro día sigue ahí, con la leche renovada, la taza limpia. Está o nace de la leche, de la combinación de la leche blanca caliente con el azúcar y la vainilla. Debe ser un animal de la leche. Como los que crecen en la harina, en los paquetes cerrados. Los bichos del arroz que a veces aparecen cuerpo a tierra entre las cintas de manteca derretida en el fondo del plato.

La leche y el pis tienen la misma temperatura. La leche huele peor. Los pies no se mojan, ni con una ni con el otro. Abajo de la mesa hamacándose sin ruido las piernas, con las botas de lluvia que le llegan casi hasta la rodilla. Grandes. Rueda por la escalera, botas abajo, dejando un rastro rojo como el de las linternas prendidas en una carrera de noche. No sangre: plástico rojo, una centella de cordones y empeine. No sangre. Un mes, dos meses. Un año.

Va a tener que tomar leche. Siempre. Esa leche. La leche fría está prohibida, es asco, pecado, mala palabra. ¡Silencio! No.

Caliente, de caliente a hirviendo y de ahí a tibia, con las costras flotando. La cuchara no sirve, ni siquiera para cazarlas y echarlas fuera del tazón. La leche sólida, que ya se enfrió y que no sirve para tragar. Va a tomar bajo amenaza, con el dedo flaco metido en el asa cortajeada, crujiente, como de cerámica rota, llena de caminos y rajaduras.

Amor, odio, indiferencia en la escritura
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