Dossier

Pasiones, emociones y pulsiones: e(a)fectos del cuerpo sobre el alma

Por Darío Bruno
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El concepto de pasión ha sido entendido desde la antigüedad como el estado de quien sufre (padece: pathos) una influencia exterior. Originariamente se padecía de las “voluntades” divinas. Si las enfermedades pertenecían al cuerpo, las pasiones eran del alma. Platón atribuye en el Timeo a la parte mortal del alma aquello que anima el cuerpo “de poderosas e imperiosas pasiones”. Aristóteles la entiende como los “movimientos del alma” acompañados de placer o dolor. La conceptualización de las pasiones como ligadas al alma y al movimiento se continúa en la tradición estoica enumeradas como placer, dolor, temor y concupiscencia siendo estas cuatro formas en las que el alma se eleva, se oprime, se modera o es arrebatada.

En la Edad Media el pathos griego es transformado en el passio latino y las pasiones comienzan, algunas de ellas como la concupiscencia, a ser vistas como pecaminosas en tanto son secuelas del pecado original.

Santo Tomás de Aquino “define las pasiones como actos del apetito sensitivo, en tanto ligadas a modificaciones corporales” (Conjetural 7). El padecimiento de lo incorpóreo (el alma) por el cuerpo pasa de ser sufrimiento (pathos) a ser pasividad (passio). El alma padece pasivamente la actividad del cuerpo. Lo que en el cuerpo es acción el alma lo siente como pasión. Mientras las pasiones sean ordenadas por la razón las mismas serán virtuosas, en cambio si no están reguladas será pecaminosas.

La modernidad instaura el método analítico cartesiano como modelo para conducir bien la razón y llegar a la verdad científica. Descartes aplicará este método a las pasiones del alma en su Tratado de 1649 partiendo de la antigua relación entre acción y pasión, lo que es pasión para el alma es acción para el cuerpo y viceversa.

A su vez existirán pasiones del alma cuyo actor es el alma misma (cuando pienso y percibo mi propio pensar) y lo mismo con el cuerpo. Esta primera distinción le permitirá a Descartes definir a las pasiones del alma como las “percepciones o sentimientos o emociones que se relacionan particularmente a ella, y que son causadas, sostenidas y fortificadas por algún movimiento de los espíritus.” Animales (art. 27).

Para Descartes las pasiones del alma son causadas por los espíritus animales que al “mover” la pequeña glándula impar que se encuentra en el cerebro y es sede del alma (la glándula pineal), ésta percibe el movimiento de los espíritus y a ello llama “pasión del alma”. Para no extenderme quisiera destacar que Descartes al hacer un estudio científico moderno de las pasiones las naturaliza al quitarles sus rasgos pecaminosos y solo promueve la razón como el modo de evitar los excesos de las pasiones. Toda pasión del alma es acción del cuerpo. O dicho de otra manera, desde la modernidad las pasiones son la forma en que lo psíquico padece del cuerpo.

Entendemos a éste el primer acercamiento científico en el sentido “moderno” del término al problema de las pasiones.

Esta característica moderna retorna de diversas formas en el empirismo escocés de Hume, el sensualismo francés de Condillac y, en cierta medida, en Kant pero aquí tomando la forma del afecto (Affekt).

El término “afecto” (Affekt) será utilizado por los germanoparlantes siendo Kant quien lo distinguirá de las pasiones (Leidenshaft). Por ejemplo, mientras la cólera es una sorpresa de la vida sentimental que afecta al alma, ella no es premeditada y es franca. En cambio el odio es un apetito habitual dominante y junto con el amor pertenece al mundo de las pasiones.

En el último tercio del siglo XIX el cientificismo biologicista ocupará el lugar del modelo lógico-matemático como soporte de la verdad. El éxito del método experimental de la biología primará sobre el razonamiento deductivo metafísico y las pasiones deberán ahora “expresarse” de forma evidente.

Como ejemplo de este último “movimiento” podemos situar el texto de Darwin de 1872 “La expresión de las emociones en el hombre y en los animales” en dónde la palabra pasión dará lugar a la “e-motion”, movimiento expresivo corporal que manifiesta los resabios evolutivos, restos de actos que fueron útiles para la supervivencia. Las emociones aparecerán ahora como restos de actos instintivos que ya no son útiles y se “expresan” en el cuerpo como movimientos.

Este pasaje de la pasión moderna a la emoción decimonónica no es sólo un problema de traducción entre las lenguas latinas y anglosajonas, sino que localiza las coordenadas de la relación entre lo psíquico y el cuerpo desde su fundamento en la biología, reduciendo la emoción tanto a su causa como a su expresión corporal. Las emociones serán adaptativas, biológicas, universales e instintivas o restos de los instintos (Watson las ubica como reflejos incondicionados). Las emociones serán actos adaptativos que se expresan en el cuerpo. En consecuencia

William James dirá que las emociones son la percepción psíquica de un proceso orgánico: “No lloro porque estoy triste, estoy triste porque lloro”.

La tradición psicológica alemana virtualmente eliminará el término pasión y lo reemplazará por el de emoción como proceso o por el de sentimiento como elemento psíquico.

Será Th. Ribot (Ensayo sobre las pasiones 1907) quien elevará su voz contra este abandono del concepto de pasión y culpará a Darwin por ello. El ostracismo, dice Ribot en el que ha caído el término pasión “es de origen y de importación inglesa”. Propone un retorno a Kant con los recursos de la psicología moderna.

Para la Escuela Patológica francesa la pasión será más duradera que la emoción que es una suerte de choque que rompe un equilibrio. La emoción es brusca y “brota del fondo inconsciente de nuestro organismo”, no está acompañada por la razón o la inteligencia, es intensa y breve. En cambio la pasión está dominada por un estado intelectual, es más estable que la emoción y dura más en el tiempo: “la pasión es una emoción prolongada e intelectualizada”.

Voy a extenderme en una cita de Ribot: “La emoción es un estado primario y en bruto, la pasión es de formación secundaria y más compleja. La emoción es obra de la naturaleza, el resultado inmediato de nuestro organismo; la pasión es en parte natural y en parte artificial, siendo obra del pensamiento, de la reflexión aplicada a nuestros instintos y a nuestras tendencias.”. La Escuela Francesa de la que también abreva Freud ubica a la pasión en el entretejido entre lo corporal biológico y lo psíquico intelectual.

La tradición de la escuela de Ribot delimitó el alcance de la “emoción” a las impresiones, humores y sentimientos y a la “pasión” en relación a las manías, obsesiones y fobias.

Si bien los términos hasta aquí utilizados varían según las épocas, las

tradiciones y los autores está claro que tanto las pasiones, las emociones, los sentimientos y los afectos de diversas formas expresan un estrecho vínculo con lo corporal.

Todos los intentos de abordar tanto las pasiones como las emociones desde el discurso científico apuntan a “envolver” con definiciones algo de lo indecible, son una forma de decir algo de un cuerpo del que poco puede decirse. El conocimiento científico más contemporáneo sobre las emociones intenta localizar en el cuerpo su origen y hacerlo “evidente”, es decir observable y por lo tanto circunscribirlas al lenguaje del conocimiento, ese lenguaje del que el conocimiento siempre habla. El científico intenta hacer hablar a las emociones, descifrarlas para comprenderlas y, en cierta medida dominarlas y controlarlas.

Desde sus más tempranos textos Freud utiliza el término afecto, por ejemplo

en la “Comunicación preliminar” de 1893 es parte de la teoría de la abreacción. El afecto freudiano comienza como un monto, un quantum positivo que se opone al pensamiento. Freud mismo al comienzo de su obra dice que este monto no es cuantificable de forma explícita pero expresa cierta ilusión epocal de que lo sea en algún momento.

En “Pulsiones y sus destinos” Freud trata temas que han pertenecido a la

tradición de las pasiones y emociones trabajándolos desde la doctrina de las pulsiones: “El amor proviene de la capacidad del yo para satisfacer de manera autoerótica, por la ganancia de un placer de órgano, una parte de sus mociones pulsionales. Es originariamente narcisista, después pasa a los objetos que se incorporaron al yo ampliado, y expresa el intento motor del yo por alcanzar esos objetos en cuanto fuentes de placer. Se enlaza íntimamente con el quehacer de las posteriores pulsiones sexuales y coincide, cuando la síntesis de ellas se ha cumplido, con la aspiración sexual total.”, También el odio es pensado por Freud como brotando “de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos. Como exteriorización de la reacción

displacentera provocada por objetos, mantiene siempre un estrecho vínculo con las pulsiones de la conservación del yo, de suerte que pulsiones yoicas y pulsiones sexuales con facilidad pueden entrar en una oposición que repite la oposición entre odiar y amar”.

En la décimo quinta conferencia de 1917 Freud dice: “A la angustia como tal no necesito presentársela; cada uno de ustedes ha experimentado alguna vez esta sensación o, mejor dicho, este estado afectivo.” Luego de distinguir la angustia, del miedo y del terror Freud se pregunta “Ahora bien, ¿qué es, en sentido dinámico, un afecto? Para empezar, algo muy complejo. Un afecto incluye, en primer lugar, determinadas inervaciones motrices o descargas; en segundo lugar, ciertas sensaciones, que son, además, de dos clases: las percepciones de las acciones motrices ocurridas, y las sensaciones directas de placer y displacer que prestan al afecto, como se dice, su tono dominante. Pero no creo que con esta enumeración hayamos alcanzado la esencia del afecto. En el caso de algunos afectos creemos ver más hondo y advertir que el núcleo que mantiene unido a ese ensemble es la repetición de una determinada vivencia significativa.”

Por lo tanto para el psicoanálisis lo que afecta es la repetición de una vivencia. ¿de qué vivencia? digamos: de una vivencia traumática. Destaquemos que los orígenes de los afectos se encuentran localizados por Freud en la doctrina de las pulsiones.

Lo traumático no se experimenta, se vivencia, no es una experiencia que se

limite a lo sensible para luego re-presentarse en lo psíquico una vez percibida al estilo empírico. Lo traumático es un vivenciar que implica al cuerpo y cuya expresiones muy difícil de identificar, es informe e indecible, difícil de poner en palabras, implica algo vivo, no terminado.

Lo real de la vivencia excede el alcance del significante en tanto lo que en ella hay de verdad no-toda puede ser dicha, sólo puede decirse a medias.

Colette Soler en “Los afectos Lacanianos” de 2011 dice que Freud retoma la

tradición alemana del término Affekt para “designar un estado agradable o penoso en el eje placer-displacer ligado a los avatares de la pulsión” y remarca que el término “afecto” es ambiguo puesto que se aplica tanto al cuerpo como al sujeto.

Para Soler “el significante afecta y el afecto sólo es determinado por el significante”, “Intentar decirlo (al afecto) es justamente intentar ponerlo en forma significante, ponerlo a punto en cierto modo”. Solo puede expresarse el afecto con las palabras del Otro o como lo expresa la autora “sin el Otro, uno no sabría que experimenta” y más adelante agrega “al nombrar los afectos, el discurso los fabrica y los aísla en la indeterminación de la vivencia”.

Si la vivencia traumática es de difícil traducción en palabras, su retorno, el

síntoma lacaniano es “real” puesto que está fuera del sentido.

Los sujetos padecientes que vienen a la consulta están afectados por cosas

que no pueden comprender. Solo a través de un análisis y sus efectos, estos afectos podrán conmovidos.

Para el psicoanálisis el sujeto atravesado por el significante es afectado por un cuerpo gozante. Al discurso psicoanalítico le es más difícil hablar de pasiones o de emociones al mismo nivel que lo hace el discurso científico. El psicoanálisis trata con pulsiones y afectos, goces y angustias. (Las “pasiones del ser” lacanianas exceden el alcance de este trabajo en tanto no son pasiones del alma).

Dice Soler “El afecto pasa por el cuerpo, desde luego, y perturba sus funciones, pero… ¿proviene de él? Se trata de saber quién es el que afecta y quién el afectado. Habitualmente, se cree que el afectado es el sujeto por el hecho de que experimenta todo el abanico de las pasiones humanas, pero… ¿no es más bien el cuerpo viviente el que queda bajo el efecto del lenguaje, efecto que repercute en toda la gama de satisfacciones e insatisfacciones del sujeto?”

Trabajar el afecto en un análisis es hacer pasar al padecimiento (pathos) por el significante, dirigirse al sujeto del inconsciente que no es pasivo (passio) sino que ostenta “un saber real en su doble valor del fuera de sentido y de la sustancia gozosa”. El ser hablante es afectado por este saber no sabido de lalengua . Es por eso que un análisis no puede reducirse a “cercar” a lo real con significantes. No alcanza con rodear lo real con significantes. La existencia de un goce opaco indescifrable, idéntico a sí mismo afecta enigmáticamente al sujeto y eso es irreductible. El sujeto es “efecto afectado” por el goce.

Los afectos no están hechos para ser descifrados, no pertenecen al campo de la ciencia o del conocimiento y no están destinados a ser “controlados” o

“dominados”. Tienen estatuto de enigma, hacen un nudo entre lo real y el sentido, están destinados al equívoco pero no por eso deben ser localizados del lado del pathos, del padecimiento, del sufrimiento. Un análisis, en este sentido es entre otras una clínica de los afectos y los afectados.

 

 

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