Una Erótica de la Época

Psicoanálisis y Género: un enfoque alternativo

Por Dra. Irene Meler
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Quienes han transitado por el campo interdisciplinario de los estudios de género, suelen experimentar una profunda transformación en su comprensión teórica y en sus estrategias clínicas. Sin embargo, este efecto reestructurante no implica un abandono o impugnación de conocimientos anteriores, aunque sí supone su análisis crítico.

Los estudios de género toman por objeto la condición social de las mujeres, y más recientemente la de los varones. Esta indagación no se lleva a cabo desde una perspectiva sociologista, sino que, al ser esta condición considerada como una estructura compleja, o sea un sistema de género, es necesario indagar en los aspectos culturales, simbólicos, materiales, económicos, políticos y subjetivos que la sustentan y que promueven tanto su cambio como su permanencia.

Expertas/os provenientes de las ciencias sociales y humanas, se han dedicado desde la década de los ’70 a una ambiciosa tarea de deconstrucción y reconstrucción de los discursos fundantes de sus disciplinas, así como a la generación de nuevos conocimientos, que se fundamentan en el trabajo ya realizado pero lo reinterpretan y reelaboran.

¿Por qué es necesario el trabajo deconstructivo? Debido al dominio masculino característico de todas las sociedades conocidas. Michel Foucault nos ha alertado acerca de la operatividad de los dispositivos de saber-poder. El conocimiento no es inocente ni neutral y mucho menos, objetivo. Se producen relatos para otorgar legitimidad a los arreglos simbólicos e institucionales vigentes, y el androcentrismo ha sido naturalizado de tal modo, que resulta muy dificultoso poner en evidencia que no se trata de “la verdad”, sino de una construcción de sentidos históricos, vulnerables a la contestación.

Los estudios de género, son estudios mayormente contestatarios. Esto se debe a que se han originado, como estudios de la mujer o de las mujeres, como correlato de los movimientos sociales de mujeres. La correspondencia no es total, ya que existen diversas corrientes teóricas dentro del pensamiento feminista, así como desarrollos no feministas. Los estudiosos que tomaron como objeto a la masculinidad, no siempre acuerdan con las teorías feministas, pero tampoco las ignoran, sino que mantienen una interlocución con ese cuerpo teórico.

El campo del psicoanálisis ya venía atravesando profundos debates y divergencias respecto de la femineidad, cuestión que Freud consideró, en la Conferencia del año 1933, “una muestra de un trabajo analítico de detalle”. ¡Menudo detalle, que se refiere a la mitad de la especie humana!

La primera polémica planteada dentro del campo psicoanalítico, no se debió al sexismo del discurso freudiano. Recordemos que Freud atribuyó la escasa contribución de las mujeres a la creación cultural, a la diferencia sexual anatómica, que, al hacer ineficaz la amenaza de castración, no permitía una formación Super Yo adecuada en las mujeres. Pero en el ambiente cultural de la época, esa discriminación flagrante de un colectivo social en función de sus características físicas era todavía sintónica con el sentido común. Por ese motivo, se discutió acerca del falocentrismo teórico freudiano. El problema no era que Freud discriminara a las mujeres, pero causaba escándalo que las considerara masculinas durante su infancia, y describiera el desarrollo psicosexual femenino como un penoso periplo donde la niña termina por aceptar “el hecho de su castración” y se feminiza, haciendo de necesidad virtud.

¿No creó acaso Dios al hombre y a la mujer?, decía Ernest Jones, defendiendo la tesis de la feminidad primaria de las niñas.

La voz de una de sus aliadas, Karen Horney, fue más innovadora y progresista. Horney tiene el mérito insigne de haber planteado al interior del psicoanálisis, la articulación existente entre subjetividad y cultura, retomando el mensaje freudiano olvidado luego de 1908. Muchos de sus aportes, acerca del temor masculino hacia las mujeres, las manifestaciones femeninas del “complejo de castración” y la huída de la femineidad en tanto se la homologa en forma imaginaria a la castración, mantienen vigencia y motivan a nuevas indagaciones. Pero esos trabajos fueron excepcionales  en un contexto muy diverso.

Si Jeanne Lampl de Groot elevó a la sublimidad de lo ridículo el estereotipo del maestro, afirmando que las mujeres femeninas no mastican, luego, no introyectan y por lo tanto no tienen Super Yo, Melanie Klein aportó datos en contrario. La existencia de un conocimiento inconsciente de la vagina, refuerza las tendencias introyectivas de las mujeres (boca y vagina: dos orificios corporales). Por lo tanto, pontificó que el Super Yo femenino es más severo, como cualquiera puede comprobar con facilidad.

Así se naufragó, se perdió el rumbo, discutiendo sobre fundamentos biologistas prefreudianos… ¡Si las niñas son varoniles o femeninas!

No es de extrañar que la polémica inicial se archivara con prudencia, para bien del desarrollo psicoanalítico. En el congelador quedaron, junto a algunas perlas del grotesco de las ideas pseudocientíficas, preguntas importantes, cuestiones graves. Una de ellas fue desplegada por Karen Horney cuando se sorprendió ante el supuesto implícito en el pensamiento freudiano, de que media humanidad estuviera desconforme con su condición sexual.

El deshielo vino en los años ’60. La Revolución Sexual, el mayo francés que se aproximaba, y entonces, un grupo de distinguidos psicoanalistas contemporáneos, comenzó una indagación que se llamaría “La recherche nouvelle”. Coordinados por Jeannine Chasseguet Smirgel, dieron a conocer un volumen desparejo, heterogéneo en cuanto a la ideología subyacente, que tanteaba en la penumbra encontrar el camino para una actualización teórica y epistemológica que aún no llegaba. Dedicado a Ernest Jones, el texto es sin embargo, francés, y por lo tanto muestra también la influencia lacaniana.

Mientras que Catherine Luquet Parat ensayó una defensa del masoquismo femenino, y planteó que la subordinación de las mujeres podía ser producto de una preferencia erótica sustentada sobre su anatomía, Jeannine Chasseguet Smirgel y Marika Torok se preguntaron qué ocurría con las mujeres. ¿Por qué elegían “callarse en la iglesia”, auxiliar a los hombres para que triunfaran, ocultarse, someterse? En lugar de naturalizar esas observaciones, pensaron que algo andaba mal.

Chasseguet Smirgel consideró que no era la pasividad que Freud atribuyó a las mujeres la responsable del síntoma inhibitorio que describió. Por el contrario, las mujeres se sentían culpables por ser demasiado activas. La fuerza de su deseo hacia el pene, tal vez lo hubiera dañado. Si esa angustia universal se presentaba en hijas de padres débiles y madres poderosas, una salida neurótica era dedicarse a sostener, a reparar, al padre dañado. Lo que me interesa destacar es que la vagina pasiva, órgano imaginario alrededor del cual Freud construyó a su mujer, fue reemplazada en los ’60 por una vagina muy diversa, fuerte, voraz, algo semejante a una mano que aprieta, tal vez demasiado. La mujer imaginaria de los ’60 encontró su imaginario órgano genital al interior de una teoría que en ese momento no encontraba otros recursos que la erogeneidad zonal y parcial y los vínculos primarios, para explicar las modalidades del psiquismo.

Sin saberlo, se ponía en evidencia que la erogeneidad no era el dato último, sino una construcción realizada sobre observaciones impresionistas de las actitudes sociales prototípicas de cada época. La “vagina freudiana” fue como sus damas, algo asténica, mientras que la “vagina smirgeliana” mostró toda la fuerza de las nuevas mujeres “liberadas”. Pero el salto entre una constelación personal gestada al interior de una modalidad familiar específica y la formulación de hipótesis acerca de la condición social de las mujeres, resulta inaceptable, y expone, a la manera de un síntoma, carencias teóricas y epistemológicas.

Poco a poco, comenzaron a escucharse voces que abrevaban en fuentes exteriores al campo del Psicoanálisis. El pensamiento filosófico y sociohistórico de inspiración feminista, luego de un período durante el cual la teoría psicoanalítica fue considerada un sinónimo de la reacción conservadora y su dispositivo terapéutico descrito como una herramienta sofisticada destinada a consolidar  la subordinación de las mujeres, comenzó a percibir la importancia y la riqueza del Psicoanálisis para la comprensión de la subjetividad. No era posible plantear un cambio en las relaciones sociales entre los géneros sexuales, si no se comprendían los acuerdos secretos, los pactos inconscientes sellados a lo largo de los siglos para sostener en conjunto, la dominación masculina.

En muchos países del mundo, académicas que provenían de las ciencias sociales o psicoanalistas salidas del riñón de las instituciones oficiales, comenzaron una indagación, donde los tonos ásperos recordaban el rencor por la psicopatologización sufrida a manos de unos y otros contendientes de la primera polémica psicoanalítica. Al mismo tiempo, se jugó y se juega con la teoría realizando una labor de deconstrucción crítica mientras se intenta construir nuevos modelos que permitan anudar la eficacia del deseo con la operatividad del poder, y comprender así las subjetividades de la transición.

El psicoanálisis francés se ha mostrado afín con el llamado feminismo de la diferencia. La institución de la diferencia sexual simbólica es un problema clave para comprender el sistema de géneros. Un aspecto antes omitido pasó a ser objeto de indagación. Las subjetividades se construyen en el ámbito de las familias, es cierto, y también sabemos que la letra se inscribe sobre el placer y el dolor de los cuerpos erógenos. Pero si no articulamos ese micromundo con el macrocontexto, perdemos la posibilidad de captar la operatividad de las representaciones sociales.

Ya sea que supongamos la invariancia estructural de un orden simbólico sustentado en el lenguaje, al estilo de Lacan, prefiramos referirnos a las construcciones imaginarias colectivas, o privilegiemos el concepto de prácticas reiteradas, organizadas en torno de una práctica dominante, como es el caso de los ideales o modelos, para explicar la articulación existente entre el macrocontexto y las subjetividades, debemos enfrentar el desafío de articular alguna comprensión de lo social con nuestros abordajes sobre el psiquismo.

La constatación del falocentrismo de nuestro ordenamiento simbólico condujo a elaboraciones disímiles. Mientras una discípula fiel de Lacan, Michèle Montrelay, situaba a lo femenino por fuera de lo simbólico y consideraba que el camino hacia la inclusión de las mujeres pasaba por su incorporación al orden fálico, acomodando su sexualidad difusa al “lenguaje” rítmico del pene, una rebelde post lacaniana, Luce Irigaray, atravesaba el espejo. Su descripción del falogocentrismo del discurso cultural y de la forma en que, tanto Freud como Lacan han quedado presos de esa episteme, permitió vislumbrar la posibilidad de otra modalidad de pensamiento. Sus trabajos dieron lugar a numerosos interrogantes, uno de los cuales consiste en la siguiente pregunta. Si la diferencia, la especificidad de la femineidad ha sido negada por la lógica fálica, ¿desde qué lugar podría existir, hacerse visible, ser reconocida? La referencia al cuerpo en sí mismo resulta inaceptable para la percepción contemporánea acerca del hecho de que, esos reductos imaginarios de la naturaleza, nuestros cuerpos, no son naturales, como nada lo es en nuestra especie. Su salud y su enfermedad, su erotismo, las actitudes físicas, la fuerza o debilidad, la destreza o la torpeza, son producidas al interior de una compleja malla de prácticas, representaciones e ideales compartidos. Si el recurso a un cuerpo presimbólico no resulta aceptable, ¿cómo es posible fundar una diferencia sexual cuando predomina la lógica cultural de “lo mismo”? Una respuesta que me es posible ensayar, pasa por considerar que eso que denominamos “cultura” está muy lejos de ser homogéneo. En el contexto de las corrientes dominantes, existen subculturas subordinadas, alternativas, o disidentes. Es a partir de esa disidencia como es posible fundar una diferencia, rescatando las voces silenciadas o postergadas, en este caso, de las mujeres.

La cuestión de la igualdad y la diferencia, puede ser abordada desde una perspectiva filosófica, pero considero que se trata de un tema eminentemente político. Para expresarlo con sencillez, el pensamiento feminista se ha debatido entre el reclamo de igualdad de derechos para las mujeres y la búsqueda de reconocimiento para su diferencia respecto del sujeto masculino modélico. El riesgo del reclamo por la igualdad es la mimesis fálica, el travestismo. La reivindicación de la diferencia puede caer en reciclar el “eterno femenino”, desconociendo que aquello que son hoy día las mujeres, se ha construido en el seno del dominio masculino.

Es posible salir de esa “impasse”, recordando que lo que hace al espíritu democrático es la igualdad de derechos para aquellos que son diferentes entre sí. Se trata de evitar que la diferencia naufrague en la jerarquía. Considerar a aquellos que difieren del propio ser como enfermos, defectuosos o subhumanos, es una de las características del pensamiento narcisista. Vemos así como una cuestión que parece totalmente exterior al campo del psicoanálisis, se vincula con un tema caro a los psicoanalistas, tal como lo es la exploración de los complejos vínculos entre el narcisismo y las relaciones de objeto.

Y al referirnos a las relaciones de objeto, nos acercamos a los desarrollos psicoanalíticos de Género que se han elaborado de este lado del Atlántico. Se trata de una producción amplia y muy rica, respecto de cuya complejidad es imposible hacer justicia en este espacio. Abarca desde los aportes de quienes introdujeron el concepto de Género, surgido de estudios biológicos, en el discurso del psicoanálisis, tal como Robert Stoller, quien trabajó en ocasiones junto con Gilbert Herdt y con Ralph Greenson, pasando por teóricas feministas que exploraron con entusiasmo las aperturas psicoanalíticas para una teoría del cambio social, como ha sido el caso de Nancy Chodorow, una socióloga cuyo interés en el psicoanálisis la condujo hacia la indagación teórica y la práctica terapéutica. También es necesario mencionar la existencia de una psicóloga, Carol Gilligan, quien revisó estudios que parecían confirmar la tesis freudiana acerca del déficit del Super Yo femenino, planteando una postura alternativa, que reivindicó la diferencia del sentido ético preponderante entre las mujeres, una ética sustentada en el cuidado hacia los más débiles, mas que en el respeto por los derechos de sujetos supuestamente iguales. Esta autora es una exponente del feminismo de la diferencia, que trabaja en un contexto donde la postura que enfatiza la igualdad es más aceptada.

Este campo de estudio es una especie de caldera bullente de creatividad, donde coexisten esfuerzos tales como el de Juliet Mitchell, una exponente de la “nueva izquierda” inglesa, seducida sin embargo por el pensamiento de Lacan, con Jessica Benjamin, una autora que ha realizado aportes de importancia significativa, retomando la línea preferida por Chodorow, que ha elegido dentro del campo psicoanalítico, los aportes de la escuela de las relaciones de objeto, derivada de la escuela inglesa de psicoanálisis, e interesada en el estudio del desarrollo temprano.

Benjamin desarrolla su trabajo sobre la base de un intento superador respecto de la tendencia hacia el estudio del individuo aislado. Si bien el infante puede ser cognitivamente narcisista, su vida se desarrolla en el interior de una red vincular, y su psiquismo se construye a través de la relación con los semejantes, que en un comienzo son sus objetos asistentes. Para esta autora, la satisfacción pulsional se va imbricando con la percepción creciente de la respuesta subjetiva del otro, y el juego intersubjetivo, el “entonamiento” va ganando importancia por sobre la satisfacción de la necesidad.

La tensión existente entre la búsqueda de autonomía y la necesidad de subsistencia de otro que sea capaz de brindar reconocimiento, según Benjamin, debe ser mantenida. Pero tiende a romperse, y un sujeto queda en posición de Amo, mientras que el otro resulta esclavizado. La relación así constituida va perdiendo tensión, y finalmente se disuelve.

Cuando intenta comprender la cuestión de la dominación erótica, asunto clave para captar las bases del sustento intersubjetivo de la dominación masculina, propone que la unidad dual complementaria -activo-pasivo- es la estructura básica de la dominación, pero que ésta no es la única estructura posible.

La concepción intersubjetiva sostiene que el individuo crece en las relaciones con otros sujetos, y a través de ellas. “la idea de la intersubjetividad reorienta la concepción del mundo psíquico desde las relaciones de un sujeto con su objeto hacia las de un sujeto que se encuentra con otro sujeto.”

Lo que resulta interesante, no es sólo la preocupación por comprender la construcción de la subjetividad sexuada, para la cual propone un periplo evolutivo alternativo al que más conocemos, sino el cambio de paradigma, que enfatiza el vínculo por sobre la pulsión. De ese modo, placer y dolor se integran de acuerdo a cual sea su sentido. Benjamin no está sola en la búsqueda de refundación del psicoanálisis sobre el paradigma de la intersubjetividad. Su trabajo se fundamenta en la obra de Daniel Stern y de Winnicott, y coincide con Laplanche, Emilce Dio Bleichmar, y muchos otros autores.

Como puede verse, cualquier intento totalizador naufraga en la amplitud y heterogeneidad de un campo teórico habitado por psicoanalistas clínicos, científicos sociales o filósofos que dialogan con el discurso del psicoanálisis, algunos de ellos influidos por las teorías feministas, otros al margen de éstas. Mientras hay autores formados en el psicoanálisis francés, otros prefieren la escuela anglosajona de las relaciones de objeto. Sobre estas opciones se plantean en ocasiones controversias polarizadas, que considero deben superarse. La importancia que las teóricas feministas de orientación lacaniana, uno de cuyos exponentes mexicanos es Marta Lamas, asignan a la noción psicoanalítica de “diferencia sexual” como condición universal de la estructuración psíquica, presenta la dificultad de suponer la existencia de una diferencia sexual estructural, homologando la lógica prevaleciente, que es fálico narcisista, con la única lógica posible. Una cosa es sostener la legalidad específica de las indagaciones sobre el psiquismo, y otra considerar que no tiene sentido para el psicoanálisis pensar en la construcción de la subjetividad en contextos sociales e históricos. Aportes como el de Jean Laplanche, permiten suponer la historicidad de la lógica fálico narcisista, y por lo tanto la posibilidad de mutaciones en el orden simbólico, a las que, de hecho, estamos asistiendo. Esta polémica involucra un debate acerca de lo que se considera lo inconsciente, o en términos de la segunda tópica el Ello. Es posible plantear una historicidad no solo para la configuración de ideales propuestos para el Yo, sino también una construcción histórica de deseos, como lo ha hecho en la Argentina Mabel Burin.

¿Qué estamos haciendo en Buenos Aires? Nuestra ciudad es una meca del Psicoanálisis, cuya influencia como método terapéutico y de investigación es más amplia que en muchos otros lugares del mundo. Las instituciones oficiales psicoanalíticas han desconocido el enfoque de Género hasta hace poco tiempo, en que comienza a surgir algún interés por conocerlo, como parte de la empresa de actualización del corpus psicoanalítico.

Pero en los márgenes de las instituciones oficiales, un grupo de analistas se ha ido conformando con el paso de los años, caracterizado en muchos casos por la influencia del pensamiento feminista, mientras que en otros la indagación ha surgido como parte de los Men’s Studies, o sea el campo emergente de estudios interdisciplinarios acerca de la masculinidad.

Las analistas sensibles y conocedoras de teorías feministas, hemos venido trabajando desde hace dos décadas. Los varones, en este caso, llegaron más tarde.

Podemos considerar que, en este momento existe una escuela argentina de Psicoanálisis y Género, integrada por analistas de amplia trayectoria, cuyas coincidencias no excluyen la heterogeneidad.

Esta corriente de pensamiento ha realizado aportes deconstructivos sistemáticos, y comienza a elaborar conocimientos alternativos acerca de las estructuras psicopatológicas, o estilos de configuración subjetiva, como preferimos llamarlos quienes hemos renunciado a la ilusión de la curva de Gauss. Los estudios acerca del desarrollo psicosexual están siendo revisados desde el enfoque de género y existen propuestas alternativas para un periplo evolutivo realizado al interior de las nuevas formas de familiarización. El estudio de los vínculos amorosos, así como de las relaciones familiares, también comienza a enriquecerse con esta perspectiva.

No existe pretensión de crear desde la nada. Por el contrario, quienes nos precedieron, así como aquellos colegas que trabajan desde otras perspectivas teóricas, nutren nuestras indagaciones y se constituyen como interlocutores permanentes. Aspiramos a continuar este diálogo, sin pretensión de sistema y sin aspiraciones totalizadoras de verdad. Simplemente, hemos advertido en el cuerpo de nuestra teoría, algunas de las cicatrices dejadas por relaciones de poder hoy en crisis. Una vez que se ha visto, la mirada cambia. Al incorporar otras categorías para el análisis, éste se enriquece, lo que contribuye al proceso de actualización disciplinaria del psicoanálisis en el cual nos sumamos a muchos investigadores comprometidos en esta empresa.

Psicoanálisis y Género: un enfoque alternativo
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