Lo inédito como posibilidad transformadora

La aparición del Covit-19 constituyó un acontecimiento que nos motorizó en la construcción de nuevas situaciones subjetivas e intersubjetivas.

Si la vida es intercambio, comprendemos que hay un equilibrio dinámico en la naturaleza, y en este sentido, somos naturaleza. No se trata de un entorno al que cuidamos o descuidamos, sino que somos parte de este mundo.

Por otra parte, el sujeto humano necesita de la asistencia de otros para su desarrollo, por lo cual no es posible pensarnos sin los vínculos familiares y sociales. Hallamos que nuestra vida se trata de una trama indisoluble entre sujetos, vínculos y cultura.

Esta nueva situación ha desestabilizado dicha trama en todos sus hilos. Cuestión que podría llevar al desborde, al sufrimiento, pero también a la transformación creativa, al armado de nuevas experiencias.

Pensamos que las situaciones vitales son paradojales. Son potenciadoras y despotenciadoras al mismo tiempo y se hallan en tensión permanente entre creación y destrucción.  Se trata de ver si es posible inclinar la balanza hacia la transformación creativa, aceptando la incertidumbre, ya que solo por aprés-coup sabremos de qué manera vamos siendo afectados. Así, más que una lucha contra el virus, creemos es importante encontrar el modo de cuidarnos mutuamente, reconociéndonos como parte de una red que nos sostiene y a la que cada uno, sostiene a su vez.

Desde esta perspectiva de cuidado mutuo, proponemos reflexionar sobre   algunos conceptos tradicionales que atraviesan nuestro imaginario social y también, nuestra tarea clínica.

Pensamos que los conceptos de Edipo y castración, en tanto puntuaciones de lo imposible, resultan fructíferos en nuestro quehacer clínico; sin embargo es importante replantear su lugar de organizador exclusivo en el armado de la subjetividad.

El Complejo de Edipo constituye una metáfora de la familia nuclear propia de la modernidad, época que atravesó el descubrimiento del psicoanálisis.  Las diversidades familiares actuales, dan cuenta de nuevos imaginarios, donde la construcción de redes vinculares es fundamental. Tal vez el vínculo de amistad sea una de las metáforas que mejor da cuenta del modo en que las familias se construyen en la actualidad.

Los cuidados necesarios para la experiencia de crianza en respuesta a la demanda de asistencia del infans, dependen de muchos otros, dando lugar a nuevas formas de armado de vínculos, que apuntan a modalidades del parentesco en las cuales las denominaciones tradicionales no alcanzan, e inclusive se han abierto lugares para los cuales no existe todavía una denominación definida.

Proponemos entonces la figura de la tribu para pensar lo familiar, donde no solo se ponen en juego las legalidades de la cultura, sino también legalidades autoorganizadas, capaces de armar redes vinculares subjetivantes. La tribu supone una lógica del nosotros, en la cual tanto los adultos responsables como los niños, van tejiendo una trama de sostén mutuo.

Pensamos que la figura de tribu puede ser complejizada como una alianza entre pares atravesada por dimensiones que denominamos (siguiendo a Spinoza) potenciadoras y despotenciadoras. Potenciadoras/creativas, en relación al reconocimiento recíproco. Despotenciadoras/alienantes, ligadas al déficit en la construcción del otro como prójimo. Dimensiones que se hallan en tensión permanente.

Una viñeta clínica:

Una paciente frente a su experiencia de adopción monoparental le escribe a su terapeuta:

“Tener un hijo tiene algo de milagroso. Verlo, acompañarlo a crecer tiene algo de mágico. Ambos procesos, que la sociedad naturaliza especialmente para las mujeres, implicaron para mí una larga obra en construcción.  No porque no lo hubiera querido. No lo tenía claro. Lo que tenía claro era que de quererlo no hubiera querido hacerlo sola. Para tener a mi hijo fue necesario “concebirlo“, en el espacio terapéutico, imaginarlo con la palabra y proyectarla en el proceso de buscarlo. Decidirlo y criarlo, me puso en el límite de mi capacidad psicológica y física, obligándome a pedir ayuda, crear redes, e ir descubriendo en mí potencias desconocidas Creo que probablemente sin el vínculo terapéutico no hubiera habido hijo y tampoco madre”.

¿Será posible pensar que el proceso terapéutico en el que paciente y analista se vieron implicadas, constituyó el armado de una alianza promotora de dimensiones potenciadoras para el vínculo madre/hijo así como para el vínculo analítico?

Como surge del relato, el armado de este grupo familiar, incluyó a muchas redes vinculares, donde amigos, familia, vecinos, maestros, y su terapeuta fueron el sostén imprescindible para que esta adopción/maternidad fuera posible.

Por otra parte, observamos como la alianza con este hijo, no fue solo potenciadora sino que también dejó ver una dimensión despotenciadora, desestabilizante, esto es, la tensión inevitable entre ambas dimensiones. La   incertidumbre frente a este niño, tan buscado y al mismo tiempo tan ajeno, produjo en todos los miembros de la tribu, la necesidad de transitar el camino de la hospitalidad, construyendo un sentimiento de pertenencia a un colectivo que era inédito para todos ellos.

Pensar los vínculos de paridad como alianzas donde se pone en juego el reconocimiento mutuo, nos lleva a trabajar los conceptos de responsabilidad, pertenencia y hospitalidad.

Responsabilidad, en tanto la relación con el prójimo supone una construcción colectiva donde la reciprocidad es fundante.

Pertenencia, como trabajo permanente de darle cabida, hacerle un lugar al otro y que ese otro a su vez, nos haga lugar; lo cual implica la exigencia psíquica de producir encuentro entre la singularidad de cada sujeto y la ajenidad siempre presente del otro.

Hospitalidad, pensada como una ética en la que se concibe una subjetividad que apunta hacia lo extraño e infinito, recibiendo al otro.

Proponemos pensar la familia como un colectivo abierto, es decir auto-organizado, con regulaciones dinámicas y situacionales, en transformación permanente, que habilitan la búsqueda de consenso. Colectivo caracterizado por la pertenencia, el reconocimiento del otro en sus dimensiones de semejante, ajeno y diferente, así como por la participación en una historia compartida.

Creemos que esta viñeta es un ejemplo de familia como colectivo abierto, ya que no hubo madre, ni tíos, ni abuelos, antes de que hubiera hijo, y cada uno fue llegando a su tiempo, y a su modo, a construir un lugar que no estaba predeterminado y tal vez ni siquiera imaginado o pensando para los miembros de ese conjunto familiar.

Tal vez este tiempo de Pandemia, permita visibilizar distintos colectivos abiertos -siendo la tribu familiar uno de ellos-. Espacios-tiempos, donde la trama entre lo común y lo singular, abre al procesamiento de situaciones inéditas.

Bibliografía

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  • Matus, S. y Moscona, S. (2010) “Entre pares. Anudamientos y desanudamientos de la subjetividad”.  XXVI Jornada Anual AAPPG, Bs. As.
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  • Najmanovich, D. (2020) “El pensamiento vincular en la Pandemia”. Conferencia on line, Centro Oro.