Desventuras del encuentro entre Eros y Psique

En Noviembre de 1899, hace 120 años, Franz Deuticke le entrega a Freud la primera edición de “La interpretación de los sueños” pero, bajo un convenio entre ambos, fue fechada para su publicación 1900. Freud hace este pedido porque considera que es un libro que merece inaugurar el nuevo siglo.

Para muchos 1900 es el año de comienzo formal del psicoanálisis. Si bien el concepto de inconsciente ya existía, fue bajo la pluma de Freud que toma otro relieve. El inconsciente no es lo no consciente, tampoco lo subconsciente. El inconsciente es ese saber que se recorta y toma cuerpo en el decir bajo el modo del sueño, el lapsus, el olvido, el acto sintomático, el chiste. El saber absoluto de la conciencia (ideal propuesto por Hegel para su “Fenomenología del espíritu”) queda abolido, se produce un descentramiento.

Cuando Lacan propone el retorno a Freud como movimiento, es retomando su lectura de la trilogía freudiana “La interpretación de los sueños”, “Psicopatología de la vida cotidiana” y “El chiste y su relación con lo inconsciente”; un movimiento que no es para nada revolucionario pues no pretender hacer girar la cosa sobre UN eje, el del yo consciente por otro eje, el inconsciente – como si dijéramos al modo copernicano, de la tierra al sol – sino más bien una subversión ya que el sujeto no sólo queda fuera del centro sino que dos ejes son ahora los que comandan sus recorridos, vueltas, retornos, contornos. Un eje es aquel que se pone en marcha por el lenguaje que mortifica el cuerpo del viviente dando lugar a una marca que lo funda. Marca que le es dada, lo anticipa, lo nombra. Nombre propio, con la paradoja de ser lo más impropio, que recorta un organismo y lo hace cuerpo.

“El efecto de lenguaje es la causa introducida en el sujeto. Gracias a ese efecto no es causa de sí mismo, lleva en sí el gusano de la causa que lo hiende. Pues su causa es el significante sin el cual no habría ningún sujeto en lo real” (Lacan “Posición del inconsciente” 1960-64 Escritos 2 Pág. 814)

Otro eje, que hace que no se trate de una revolución sino de una subversión, es aquel que se propone como punto vacío y será, Das Ding, la cosa freudiana, esa que como el cero es “el nada” (así lo nombra Lacan en SSDD), es lo que en las faltas de objeto llamamos privación, pues allí en lo real nada falta: a.

El sujeto que suponemos a partir de aquí no sólo está descentrado sino que se produce entre-dos, en el intervalo, entre UNO y el Otro, entre el significante y la falta.

El inconsciente freudiano supone además otro rasgo: aquel que lleva a distinguir   sexualidad de genitalidad. Freud formaliza en sus “Tres ensayos de teoría sexual” (1905) aquello que ya quedaba enunciado en la trilogía antes citada: que el inconsciente del que se trata es el sexual, reprimido. Esos dos términos que precipitan y decantan al final del esquema que escribe el análisis del olvido de un nombre propio Signorelli: sexo y muerte (¿El olvido del nombre propio de quién Her Sig.?) y que son los que articulan en el apartado “Los sueños de la muerte de personas queridas” (dentro de “Sueños Típicos” en “La interpretación de los sueños”). Sexo y muerte son los términos que hacen el camino por el cual Freud introduce el Complejo de Edipo bajo el maravilloso contrapunto entre las tragedias de Edipo rey y Hamlet.

Como el relato de este análisis lo supongo ya transitado por muchos, se los ahorro.

A lo largo de sus “Tres ensayos” va a proponer trabajar “el papel del factor sexual en la vida anímica”. Este intento de ampliar el concepto de sexualidad, dirá Freud, “constituyó desde siempre el motivo más fuerte de resistencia al psicoanálisis” Y sigue luego diciendo: “…en lo que atañe a la “extensión” del concepto de sexualidad, que el análisis de los niños y de los perversos hace necesaria, todos cuantos miran con desdén al psicoanálisis desde su encumbrada posición deberían advertir cuán próxima se encuentra esa sexualidad ampliada del psicoanálisis al Eros del divino Platón” “Viena, mayo de 1920” (Prólogo a la 4ta. edición de “La interpretación de los sueños”)

La “erótica” de nuestro tema convocante ¿podemos referirla a Eros? “Una” erótica ¿”UN” Eros? ¿El Eros al que se refiere Platón en “El Banquete” es el mismo Eros de la mitología griega?

El amor desde la concepción griega se remonta a la mitología de donde recibe el nombre de Eros. Eros, en griego antiguo, significa amor y especialmente pasión, es el dios griego del amor y del deseo sexual.

Cuenta la saga que Afrodita, celosa de la belleza de Psiqué que con su deslumbrante belleza hacía que los hombres abandonaran los altares para adorar en su lugar a una simple mujer, envía a su hijo Eros para que le lance una flecha que la haga enamorarse del hombre más horrible y ruin que encontrase. Sin embargo Eros al verla se enamora de ella y lanza la flecha al mar. Su romance era a oscuras, Eros temía ser visto y no ser amado por ella. Las hermanas, tremendas influencers de Psiqué la convencieron de sospechar de Eros haciéndole suponer que era un monstruo y que debía verlo. Una gota del aceite de la lámpara con que Psiqué quiere alumbrar para verlo durante la noche cae en su hombro y lo despierta. Como no estaba aún la opción de hacer una consulta de terapia de pareja ni familiar, no les queda más remedio que solucionarlo bajo el argumento que propone el mito. El final, se los adelanto, es que Eros, recuperado de su herida, sale en búsqueda de su amada esposa para despertarla de su sueño. Luego le ruega al dios Zeus que la hiciera inmortal para que pueda vivir con él en los cielos. Según Apuleyo, poeta romano quien escribe por primera vez esta historia en “El asno de Oro” (siglo 2 d.c.), la hija de ambos llevaría el nombre Hedoné que significa Placer.

Para Platón el amor no es un dios como en los mitos, sino más bien un daimon, un espíritu intermedio entre los dioses y los hombres. Los dioses poseen la belleza y la inmortalidad. El amor, en cambio, desea siempre lo bello, y lo desea justamente porque carece de ello, puesto que se desea sólo lo que no tiene. Sin embargo el amor, aunque carece de la belleza, tampoco es feo ni malo, sino que es un punto intermedio entre lo bello y lo feo. Lo cual se explica atribuyendo el origen de Eros a Poros (la abundancia) y a Penia (la pobreza) como sus padres.

Entiendo que ambos relatos, el mito y el banquete, nos orientan a la hora de pensar la erótica, relatos que parecen de otros tiempos y sin embargo tallan algo del cuerpo de la época.

Volvamos a Freud y sus “Tres ensayos”. Dice allí: “La madre se horrorizaría, probablemente, si se le esclareciese que con todas sus muestras de ternura despierta la pulsión sexual de su hijo y prepara su posterior intensidad. Juzga su proceder como un amor “puro”, asexual…” (Página 203) Como entre Eros y Psiqué algo debe suceder sin que se vea, no se trata de estar cegados sino más bien de que algún velo permita el encuentro. Freud dice esta frase cuando nos habla del hallazgo del objeto, otra de las paradojas que el psicoanálisis viene a plantear ya que supone que cuando el objeto de la satisfacción pareciera estar no hay aún un sujeto allí y cuando el sujeto llegue a devenir sólo podrá ir al reencuentro de lo que se inscribe como perdido por estructura.

Todo este primer recorrido en mi escrito me sirve de pie para proponerles ahora adentrarnos en lo que en estos últimos años investigo a partir de las consultas que llegan a mi consultorio por niños que ya portan, además de un nombre propio del cual no se apropian, un diagnóstico del catálogo “de la época”: AUTISMO.

“Asignar un nombre produce efectos: en el campo del saber, el nombre autismo proviene de la derivación introducida por Bleuler a partir del concepto de “autoerotismo”, algo que indica de por sí una exclusión de eros” (Marie-Claude Thomas, “Genealogía del autismo”, página 18) Bleuler se resistía al término de Freud. En la correspondencia entre Freud y Jung se lee el alboroto que esto producía. Jung le escribe a Freud en una carta del 13 de mayo de 1907: “Le falta todavía a Bleuler una definición clara del autoerotismo y de sus efectos psicológicos específicos. Ya lo aceptó, sin embargo para la presentación de la dementia praecox que hará en el manual de Aschaffenburg. Así y todo no quiere designarlo autoerotismo (por razones conocidas), sino “autismo” o “ipsismo”. Por mi parte, yo ya me habitué al término de “autoerotismo”.

En una entrevista que tuvo lugar según Jones en 1924/5 con Marie Bonaparte Freud le confiesa que ninguna “herejía” lo había perturbado nunca al punto en que lo hicieron las miserables concesiones a la oposición como la de Bleuler, cuando sustituyó “autoerotismo” por “autismo”, buscando evitar toda referencia a la sexualidad y a manera de broma agregaba: ¡Algo que podría pasarse por alto si Bleuler no hubiese agregado una nota a pie de página: ¡Por autismo, entiendo autoerotismo! (Op. Cit. Página 65/6)

Que Bleuler haya sido un hereje en 1907 es ya dato histórico. Ser hereje, etimológicamente hablando, es elegir. Diré en esta época de despliegue de derechos de cómo nombrarse, definirse e inscribirse que Bleuler hizo su elección y por lo mismo no podría ser su concepto incluido como modo de nombrar un sufrimiento singular del que se ocuparía un psicoanalista. Eso sí, pasados ya también más de 100 años muchos se agrupan bajo esa nominación siguiendo el fanatismo de excluir el “eros” a ese “auto”.  Si la erótica propone una sexualidad en juego y si “sexo” del latín, “sexus” que viene del verbo “secare”, cortar, ¿no es acaso un corte, éste, que excluye aquello que daría lugar a propiciar algún lazo posible al otro por la vía del amor? Cortado eros queda en auto, y este auto que surge por homofonía no conduce a ninguna parte o pareciese no estar conducido por nadie.  Nos encontramos así, en nuestra época, con una erótica elidida y nos llegan consultas por niños diagnosticados como autistas. ¿Qué dirección de la cura desde ahí?

Como dice Barthes “esta escritura que hoy vengo a leerles es más bien una “colección de referencias” puestas en relación” (en “El grano de la voz” Entrevistas 1962-1989) Los molesto con unas referencias más. La primera es recordar que Lacan dice en “La metáfora del sujeto” que el sujeto [je] nace en el que lo escucha. La segunda referencia es articular esta primera con una frase de “Posición del Inconsciente” que ya leí y ahora quiero agregar la frase que sigue a la ya citada. La cita decía así: “El efecto de lenguaje es la causa introducida en el sujeto. Gracias a ese efecto no es causa de sí mismo, lleva en sí el gusano de la causa que lo hiende. Pues su causa es el significante sin el cual no habría ningún sujeto en lo real” hasta aquí leí antes, ahora sigo con la cita que prosigue así: “Pero ese sujeto es lo que el significante representa; y no podría representar nada sino para otro significante: a lo que se reduce por consiguiente el sujeto que escucha

La clínica psicoanalítica con niños tiene como rasgo distintivo tener que actualizar cada vez ese pasaje inaugural de Freud de la escena que se mira a la escucha. Y podemos agregar: sus operaciones de lectura. Ante la consulta por un niño estamos llamados no sólo a “ver lo que nuestros ojos tienen para ver” sino también lo que “nuestros oídos tienen para oír” como dice Freud. Entramos a jugar con la urdimbre para entramar desde nuestra escucha. ¿De qué modo? Última cita antes de darnos cita con un caso. Dice Susana Salce: “Trabajando con niños aprendí que en el encuentro con el trauma se pone en juego una creatividad que el trauma mismo genera y que es en parte heredera de los recursos con que cada uno encaró el encuentro siempre traumático del “viviente” con lalalngue, los torbellinos y las circunstancias de su tiempo. Cada uno respondió a ese encuentro según la singularidad de sus propios recursos. Jugando, dibujando, haciendo ficción” (del libro “Los niños y el fuego” página 199) Entiendo que ella hace referencia a los recursos que ponen en marcha los niños frente a las adversidades que se les presentan valiéndose de aquello que fue recurso en el encuentro primero y siempre traumático con lalangue. Yo redoblo la apuesta para decir que los analistas también ponemos en juego nuestros recursos enfrentados a lo traumático que puede resultar el encuentro con un niño que no nos mira, ¿no mira?, que no nos habla ¿no habla? Que parece no poder inscribirse en la categoría niño porque no juega.

Germán llega después de varios años de tratamiento con una colega que por cuestiones personales no puede continuar atendiéndolo y propone a los padres derivar el tratamiento conmigo. Hace dos años y medio que lo atiendo. Tiene ahora 9 años, cursa el 3° grado. Hijo único de una familia de clase media. Germán habla en infinitivo o en tercera persona.

A contrapelo de las propuestas que hacen furor desde las neurociencias proponiendo adiestrarlos y trabajar con tarjetas que faciliten la comunicación nominalista (tarjetas con un vaso lleno para decir que tienen sed y quieren tomar, por ejemplo) o las del catálogo de los afectos (tarjetas con caritas como emoticones que señalan distintas emociones: sonrisa, llanto, etc.) yo sigo insistiendo en una caja con juguetes, hojas, lápices, libros, juegos. De este esperar a la escucha de “su” decir fueron surgiendo algunos juegos que han sido mojones en el armado de un cuerpo que de autoerótico va armando un espejo y un lazo incipiente.

Uno de estos mojones. Al principio dibujaba en un movimiento estereotipado, metonímico, personas viajando en colectivo. Siempre está pendiente de cómo va de un lado a otro, y sabe qué número de colectivo toma según de dónde a dónde va. Parecía un dibujo que hacía en piloto automático.  En un tramo del análisis en que está muy angustiado y comienza a morderse y querer morder a la docente y la APND en la escuela llega al consultorio con su madre y mientras ella relata lo sucedido Germán,  agitado y lloroso, se acuesta boca abajo en el sillón de la sala de espera y muerde con tal fuerza que lo corta con sus dientes. Hasta ahí siempre había sido impenetrable la afectividad de la madre que habla en un tono monocorde para lo que sea que tiene que decir, que nunca cuenta una dificultad ya que con ella todo parece fluir, ella lo sabe llevar. Pero ante ese corte se angustia, se pone colorada y semana tras semana ofrece hacerse cargo de reparar el daño y yo respondo: no tiene arreglo, son cosas que pasan, cada chico deja su marca y este agujero es la marca de que Germán pasó por acá. Para ese tiempo Germán descubre la tijera que está en el cajón. Recorta sin mucha precisión las hojas. Cortes. Dibuja una figura y la recorta para llevársela, yo guardo la hoja de la cual la figura salió. Luego de varias sesiones donde señalo que se va con él “un pez”, “un sol” (así los nombra cuando le digo ¿querés contarme lo que estás dibujando?) y le pregunto si se puede “el pez” quedar conmigo, donde siempre decía no, accede. Llegaba la fecha de su cumpleaños y le pregunto a quiénes va a invitar. Hace un dibujo de un niño y redobla la figura con un contorno “Lucas”, es uno de sus compañeros de colegio.

Un día le muestro un dibujo especial (algo que vi hacer a una amiga docente con niños en el jardín) Es un dibujo que está a oscuras y con una linterna dibujada y recortada se puede iluminar y ver. A la silueta que se recortaba de sus hojas ahora yo le proponía que sea la linterna lo que se recorte e ilumine el dibujo de una escena. La escena es del fondo del mar. Le gustó mucho. Hizo una para llevarse a su casa.

Llega a una sesión unas semanas después y cuando después de saludarlo y preguntarle ¿a qué jugamos hoy? Me responde como habitualmente “Dice Tamara”. Esta situación es repetida y varía sólo cuando tiene un lapsus y me responde “Dice mamá” y suele corregir y decir “Dice Tamara”. Interesante pensar que en quienes se atrincheran de ese modo en un decir que no los implique tengan esos deslices del lenguaje, ¿no? Entonces un día, un poco ya agotada del “dice Tamara” saco dos trozos de hoja y dos biromes y le digo “Bueno, hoy vamos a jugar a escribir cada uno una historia en este papel” reparto y ¡Oh, sorpresa! él comienza a escribir. “Ver los peces y dibujarlos con la linterna”

Voy a terminar con una frase de Freud, también de uno de los prólogos de “Tres ensayos” que dice “Si los hombres supieran aprender de la observación directa de los niños, estos tres ensayos podrían no haberse escrito”. Observar con las orejas para que alguna linterna recorte una escena que empieza a dibujarse y en la que, por qué no, algún día Germán pueda subirse.

Bibliografía

  • Apuleyo “El asno de Oro”
  • Barthes, Roland: “El grano de la voz” Entrevistas 1962-1989 Ed. Siglo XXI
  • Freud, Sigmund
    • “Tres ensayos de teoría sexual” (1905) AE TVII
    • “La interpretación de los sueños” (1900 [1989]) AE T V
    • “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901) AE T VI
  • Lacan, Jaques “Posición del inconsciente” Escritos 2 Ed. Siglo XXI
    • “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” Escritos 2
    • “La metáfora del sujeto” Escritos 2 Ed. Siglo XXI
    • “El Seminario 8: La transferencia” (1960-61)
  • Platón “El banquete”
  • Salce, Susana “Los niños y el fuego: Práctica hospitalaria en tiempos de crisis social”  Ed. De los           cuatro vientos
  • Thomas, Marie-Claude “Genealogía del autismo” Ed. Literales