Dossier

Un vínculo de pareja: Odio, demolición e indiferencia

Por Departamento de Psicoanálisis Vincular del Centro Oro
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Ódiame por piedad yo te lo pido
Ódiame sin medida ni clemencia
Odio quiero más que indiferencia por que
El rencor quiere menos que el olvido

Si tú me odias quedare yo convencido
De que me amaste mujer con insistencia
Pero ten presente de acuerdo a la experiencia
Que tan solo se odia lo querido

(Julio Jaramillo)

Introducción

A partir de algunas viñetas del trabajo de psicoanálisis vincular con una pareja, abordaremos las problemáticas del odio y sus consecuencias.

Nuestras reflexiones en el Departamento de Psicoanálisis Vincular, tratando de armar algunas hipótesis acerca del tema de la Jornada, más específicamente en el contexto del análisis vincular, nos fueron planteando muchos interrogantes en relación a ¿qué observamos en la clínica vincular cuando amor y odio aparecen desligados?,  y especialmente una pregunta fue insistiendo a lo largo del año: ¿es posible pensar la indiferencia en los vínculos, es la indiferencia un afecto, o justamente supone la desafectación del otro para el sujeto del vínculo?

En este sentido una viñeta clínica en la que aparece el deseo de “demolición” de la pareja a partir de la separación, fue el motor para investigar el concepto de odio desde el psicoanálisis y la filosofía.

Un recorrido que nos llevó a deconstruir el significante “demoler”, para intentar diferenciar las distintas dimensiones que el odio puede implicar: la crueldad desubjetivante y al mismo tiempo el motor de la transformación subjetiva y el encuentro con la alteridad.

Finalmente, intentaremos dar cuenta del efecto en la dirección de la cura, que la intervención vincular tuvo para transformar la “demolición en separación”.

Un vínculo de pareja

En la primera entrevista de una pareja de 15 años de casados, con un hijo de 9 años:

Ella llega primero. Él llega 15 minutos tarde. Ella le recrimina sin parar: “que siempre es igual, que nunca calcula, que no la tiene en cuenta”. Él no contesta, pero se nota violencia contenida.

Ella dice: Yo siempre con él me sentí en mi hogar, yo confío en él, pero jamás pensé que se iba a meter demás, por ejemplo en mi fb. Me preocupan las peleas, llegan a un lugar, que lo próximo sería un golpe. Él es más de acción, yo maltrato verbalmente. Yo lo menosprecio con la palabra, le digo que es un adolescente que no soy su mamá…No sé si tiene salida esto, yo no quería más terapias, el terapeuta de él le recomendó que hagamos una consulta de pareja, porque hace dos meses que las peleas llegan a un punto muy álgido. Y aquí estamos.”

Él agrega: “Siempre fue conflictiva la relación, yo necesito mi espacio. Lo que hago o no con mi trabajo es una decisión mía. El tema es que cuando no teníamos a nuestro hijo, peleábamos, yo me iba al cuarto de atrás y no nos hablábamos una semana. Ahora no hay refugios”.

En respuesta a la pregunta de cómo se conocieron dicen: “nos conocemos desde la panza, nuestros padres hicieron el curso de preparto juntos…”

En otra entrevista:

Cuentan en relación al nacimiento del hijo:

Él: “estuvimos un año y medio buscando, no había causa aparente. La primera inseminación no quedó, y si bien mi conteo daba debajo del límite, ahí quedó embarazada. Al tercer mes de embarazo ella empezó a sentirse mal. Empezó con presión alta llegó a 21, la internaron en terapia intensiva, tenía 6 meses cumplidos de embarazo”.

Ella: “el médico dijo que el nene se moría y yo corría riesgo también. Me hicieron cesárea, pesaba 519 gramos… Recién cuando tuvo un año yo volví a trabajar.  En la clínica nos dijeron que la gente cuando pasan estas cosas se separa, nosotros nos unimos más”.

El proceso del análisis comenzó con sesiones de pareja, pero como las agresiones entre ellos iban aumentando de tenor, finalmente en una entrevista, la analista les propone sesiones de pareja pero por separado, y comienzan a ir uno cada 15 días solos. La idea de la terapeuta fue trabajar como mediadora, evitando armar un espacio donde se repitiera la violencia. Este encuadre les permitió tranquilizarse e intentar ver si podían recomponer el diálogo. Al tiempo, piden volver a las sesiones conjuntas, pero las peleas retornan a su crudeza habitual. En ese momento él pide tener una sesión solo y allí dice “que no da más, que no puede dejar de pensar, que desconfía de ella, que la siguió con una aplicación del celular que permite saber dónde estaba, y que sabe que ella le miente”.

La analista le propone tener una sesión conjunta para blanquear con ella esta idea que lo persigue todo el tiempo. Vienen juntos a la vez siguiente, y él le cuenta a ella “lo que viene pensando sin parar desde hace dos años, que no se lo puede sacar de la cabeza”. Ella se ofende, grita, dice “que él desconfía y que se mete en su intimidad, que no le va a dejar ver nada de sus redes sociales, porque eso es intrusivo”. Él le dice que “entonces quiere separarse definitivamente”. Comienza una discusión muy fuerte. La analista les propone terminar aquí las sesiones de pareja y que cada uno siga con su terapia individual. Finalmente, la analista preocupada por lo sucedido en la sesión, le manda un mensaje a cada uno para ver como están. Ella dice que “no entiende nada, que está muy angustiada”.  En cambio, él dice que “está cansado pero libre, pero que aún queda mucho por demoler”.

Dos meses después, ella llama a la terapeuta de pareja y le plantea que “le gustaría tener una sesión para entender qué pasó, que recién ahora está en condiciones de charlarlo”.

En ese encuentro, su pregunta fundamental es: “porqué si la terapeuta les había dicho que el objetivo de la terapia de pareja era que pudieran terminar bien, ya sea juntos o separados, qué falló para que terminara así”.

La terapeuta le interpreta que “tal vez, cuando les propuso trabajar por separado en las sesiones, tenía que ver con que la presencia del otro hacía que se desbordaran, y  si bien esto pareció desarmarse por un tiempo, reapareció con más fuerza al final… así como a veces estar juntos acompaña y enriquece, otras veces el encuentro es destructivo y es necesario aceptarlo para no seguir destruyéndose mutuamente… en este sentido la separación evitó que siguieran armándose situaciones cada vez más violentas”.

Acerca del amor, el odio y la indiferencia 

Nuestras reflexiones nos llevaron a recorrer diferentes autores dentro del Psicoanálisis y la Filosofía. Intentaremos transmitir algunos conceptos que nos ayudaron a trabajar el material clínico.

Encontramos que para Freud el odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor, brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigador de estímulos. Ese odio mezclado con el amor se remonta a la fuente de las pulsiones de auto-conservación del yo.

En el Yo y el Ello, sostiene que “La experiencia clínica nos enseña que el odio no solo es… el acompañante del amor (ambivalencia)…precursor en los vínculos entre los seres humanos, sino también que el odio se muda en amor y el amor en odio…  Hemos interpolado un conmutador, ya sea en el yo o en el ello, una energía desplazable. Parece verosímil que esta energía indiferente y desplazable, activa tanto en el yo como en el ello, provenga del acopio libidinal narcisista y sea por ende, Eros desexualizado”.

Por su parte, Lacan al abordar la temática de las pasiones, se refiere a ellas como aquello que connota de la posición del sujeto en relación al ser. La pasión es posible considerarla como co-constitutiva de la condición subjetiva.  Las pasiones del ser, amor odio e ignorancia, pueden ser inscriptas en el nudo borromeo. Así se puede ubicar el amor en la unión entre lo simbólico y lo imaginario, el odio en la unión de lo imaginario y lo Real y finalmente entre lo Real y lo simbólico la ignorancia.

Lacan habla de odioamoramiento, esto es que en el amor hay una preocupación por el bienestar del otro, pero hasta un límite. Ese límite –que se puede representar a través del nudo– es lo Real. A partir de allí, de ese límite Real, el amor, se obstinará en todo lo contrario al bienestar del otro. El odio, pasión, pathos entra en escena ubicado entre lo Imaginario y lo Real. Mientras el amor aspira al desarrollo del ser del otro, el odio aspira a lo contrario, a su pérdida, su destrucción

Por su parte, en su Ética,  Spinoza define a la alegría como la pasión mediante la cual el alma accede a una mayor perfección; la tristeza, en tanto, es una pasión que conduce al alma a una perfección menor. Estamos atravesados por estas pasiones o afectos tristes y alegres. Es importante señalar que Spinoza no se refiere a la alegría en sí, sino al desarrollo de la potencia de ser, que es el amor; a la relación y a la solidaridad con los otros que se enlazan con el despliegue del deseo.

Las pasiones tristes, por otra parte, son las que retrotraen la potencia de ser y se vinculan con la melancolía, la depresión y la culpa paralizante. En este sentido, el odio supone que la potencia de actuar esta disminuida, y entonces lo que se experimenta es la tristeza.  Odiar es querer destruir lo que amenaza con destruirnos.

Desde la perspectiva del psicoanálisis vincular, nos pareció interesante abordar dos cuestiones para pensar la temática que nos convoca: por un lado, el concepto de imposibilidad vincular, es decir, la necesidad del velamiento de la ajenidad del otro, y por otra parte, la coexistencia para cada uno de los sujetos del vínculo, de las dimensiones relativas a la presentación y la representación del otro en los vínculos.

Con relación a lo imposible vincular, para cada uno de los sujetos del vínculo, el otro aparece como semejante, diferente y ajeno; dimensiones anudadas, necesarias y no excluyentes, que al desanudarse abren el camino a la destrucción vincular.

En este sentido “vincularse implica una imposibilidad aceptada o negada por los sujetos y surge a propósito del contacto con la ajenidad. La posibilidad de convertir lo ajeno del otro en familiar, de ampliar el territorio de lo propio, pone al sujeto ante la situación de creer posible lo que en realidad es inaccesible”. (Berenstein, 2007)

En relación a la cuestión de la presentación, decimos que el otro puede ser investido con representaciones, que es una manera de conocerlo en tanto remite a lo ya presentado en un tiempo pasado. Pero siempre hay aspectos del otro que no se recubren con representaciones, que resultan incognoscibles, por lo cual el sujeto tiene ante sí, como camino, tolerarlo sin representar, es decir aceptarlo como presentando algo siempre ajeno del otro.  Esto no es posible cuando la presencia del otro funciona como un exceso no procesable para los sujetos del vínculo.

Amor, odio e indiferencia en los vínculos

En los vínculos es posible pesquisar el par amor/odio, pero cuando aparece la indiferencia ¿estaríamos ante la posibilidad de un vínculo roto, es compatible la indiferencia en un vínculo?

Desde la perspectiva vincular, la posibilidad de distinguir a otro implica ver la diferencia, si hay otro, hay afección. En la indiferencia no hay otro.  Pensamos que en los vínculos puede haber momentos de indiferencia, pero nunca de indiferencia total.

En los vínculos la indiferencia comienza a partir del odio o de la crueldad. La indiferencia sería un efecto del pasaje del amor al odio.  Sin embargo, podríamos distinguir cuando el sentimiento la indiferencia surge como un intento de desinvestir al otro por defensa y cuando aparece como parte de un proceso de elaboración, que permite la separación.

Vayamos al caso:

Como vemos se presenta a terapia vincular una pareja, cada uno de ellos con terapia individual.

Lo primero que surge es que “no los une el amor sino el espanto”. Por otro lado, vemos que no fue posible registrar expresiones de amor entre ellos en las sesiones vinculares, sino que lo que  estallaba con facilidad era un odio constitutivo del vínculo, observable a partir de los gritos, insultos, falta de escucha, y una  deshabilitación mutua.

Pensamos que el espanto remite a la ajenidad que el nacimiento del bebe de 500 gramos produce en ambos padres.  Ajenidad, herida narcisista, golpe traumático, que intentan velar afirmando que a “ellos en lugar de separarlos como a otras parejas, los unió más”. Espanto que pensamos, los une a partir de un goce tanático, pero no los habilita a la diferenciación, la separación, ni al reconocimiento mutuo.

Hacer un nuevo encuadre: separar, sosteniendo el contexto de terapia de pareja pero con un nuevo setting, permitió a cada uno hablar de lo que el otro hacía y le producía: él, de sus celos, persecución e intrigas, y ella, de su intolerancia.

Lo primero que esto nos hacer pensar es que si el odio no es la contracara del amor, sino que lo que hay siempre es una mezcla de amor odio, cuando el amor decepciona vemos aparecer el odio desligado. Así, todo lo que en el otro los enamoraba, se transformó en odio frente a la desilusión.

La percepción de la necesidad imperiosa del otro, así como la sustracción del placer, termina en odio. ¿Qué sustrajo aquí el placer y condujo al odio? ¿El nacimiento prematuro de un bebe de 500 gramos después de tanta búsqueda?  ¿El deshilado de la unión cuando ya el niño creció y estaba en manos de muchos terapeutas y profesionales. El descubrimiento del origen del amor, en relación a que se conocían desde la panza, o simplemente cuando entra en acción el goce de cada uno y se rompe la ilusión de compañía, se produce una profunda herida en la relación?

En la pareja humana descubrir la ajenidad, la radical diferencia abre la puerta para que aparezca el odio. Como sabemos, el odio es un sentimiento más estable y radical que el amor porque no necesita de un discurso que lo sostenga.

Desde la perspectiva del vínculo, cuando no es posible velar la ajenidad del otro, y la imposibilidad vincular surge descarnadamente, se coagula lo vincular en el modelo de “ni juntos ni separados”, lo cual lleva como en esta pareja, a un circuito tanático sin fin.

Observamos que a partir de la intervención vincular del armado de sesiones sin la presencia del otro, algo de la separación aparece en acto y permite que él pueda decir acerca de su deseo de divorcio. Frente a esto, ella queda en principio anonadada, pero pasado el tiempo y en su análisis personal puede empezar a pensar que hacía ya mucho tiempo que ella sentía que estaban separados.

Estar «juntos» para esta pareja era mortífero. La intervención vincular les dio un espacio donde pudo surgir el deseo de «demolición». Aparece la paradoja de un vínculo imposible y al mismo tiempo el terror a la separación. Cuando la terapeuta les ofrece que «vengan por separado» se genera allí un “posible” desde un espacio vincular, en tanto permite en “presencia” del analista, pasar por la experiencia de separación.

Otro aspecto a señalar, es cómo las sesiones vinculares muestran la vivencia de lo destructivo del vínculo, y por otra parte, la potencia de singularización que adquieren o tal vez, recuperan, cuando van a la sesión cada uno por separado. Cabe destacar, que es justamente en el contexto de la terapia vincular, a diferencia de sus terapias individuales, donde las entrevistas a solas, habilitan el comienzo de una elaboración del duelo por la imposibilidad de este vínculo de pareja.

Nuestro derrotero con la “demolición”

El significante “demolición” fue llevándonos por un recorrido de pensamientos.

Durante algunos de nuestros intercambios dirimíamos si el propósito de demoler se encaminaba a que su esposa le resulte indiferente. Sin embargo cada vez que intentábamos darle vueltas en este sentido más se nos acercaba al odio el tema de la demolición.

Luego comenzó a resonarnos la palabra indiferencia en el sentido de la no diferencia. Y pensábamos en esta panza que los envolvía a ambos indiferenciados, indiscriminados.

Finalmente arribamos a pensar que no podríamos hablar de indiferencia sino como efecto. Efecto de una producción vincular. Aquí nos basamos en lo que producían, componían -al decir de Spinoza- vincularmente.

Concluimos, si es que podemos hablar de concluir, que es en el espacio de la intervención vincular, (pasaje del UNO al DOS), donde se abre la posibilidad de la diferencia y la alteridad.

Y fue entonces cuando empezamos a pensar la idea de destrucción como posibilidad de construcción. Nos ayudó a pensar esto la cita de Nietzsche (Deleuze 2006), quien en el primer libro de Zaratustra comienza con el relato de tres metamórfosis: “Cómo el espíritu se convierte en camello, cómo el camello se convierte en León, y cómo finalmente el león se convierte en niño”.

El camello es el animal que carga: carga con el peso de los valores establecidos, con los fardos de la educación, de la moral y de la cultura. Carga con ellos hasta el desierto y allí se transforma en León: el león rompe con las estatuas, pisotea los fardos, dirige la crítica de todos los valores establecidos. Por último, le corresponde al León convertirse en niño, es decir, en Juego y nuevo comienzo, en creador de nuevos valores y de nuevos principios de evaluación”.

Un vínculo de pareja: Odio, demolición e indiferencia
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